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A PESAR DE LOS PESARES
Por Rosa Luque

MARÍA JOSÉ LÓPEZ MOLINA tenía a la comunidad científica en vilo
y no sólo por su trasplante de médula ósea, sino porque fue la primera receptora
de España a la que se trató con ciclosporina, un potente medicamento para
evitar el rechazo que revolucionó los datos de supervivencia en los trasplantados.
Han transcurrido 27 años desde su intervención: “Cada uno de los días que han
pasado ha sido un regalo. Hasta comer una simple tortilla me hace feliz”, dice.


CADA   14 de abril es una fiesta para María José López Molina y es que ese día de 1982, esta cordobesa menuda y enérgica volvió a nacer. En aquella fecha, que ella y los suyos celebran como su verdadero cumpleaños, María José fue trasplantada de médula ósea, librándose con ello de un destino fatal que todos -salvo quizá la propia afectada, empeñada en aferrarse a la vida con todas sus fuerzas daban por cierto. Hicieron posible el milagro la generosidad de su hermano pequeño, Jesús, convertido en donante por ser el único de la familia compatible con la enferma, y un entusiasta equipo médico del hospital -entonces dando sus primeros pasos en materia de trasplantes-, que se atrevió a utilizar técnicas muy novedosas para evitar el riesgo del rechazo. Así fue como María José, con 25 años y ya madre de dos hijos, se convirtió en la primera paciente de España a la que se aplicó un tratamiento con ciclosporina, abriendo de este modo camino en el desarrollo del trasplante y también nuevos horizontes de esperanza para los que a él se someten.

"Desde entonces, para mí cada día es un regalo y comer una simple tortilla de patatas me hace feliz", confiesa hoy María José López Molina, quien, desde que se jubiló anticipadamente en 2003, con 46 años, de su profesión de enfermera por problemas de visión, vive entre Córdoba, donde residen sus hijos y su nieto, y la localidad gaditana de Barbate. Allí, dejando que el mar se cuele en sus sueños -que ya por suerte dejaron de ser pesadillas- y entretenida en arrancar figuras al barro, con el que desfoga su temperamento artístico y su vitalidad, esta mujer de aspecto frágil y enorme empuje interior procura saborear cada instante del presente. Y no mira hacia atrás, asegura, como no sea para solicitar la generosidad de posibles donantes y para aconsejar a cuantos puedan hallarse en una situación parecida a la suya "que le echen valor y no se vengan abajo". "Lo que más ayuda es tener ganas de curarse -afirma-. Si no le echas riles y valor, ni aunque te inyectasen agua bendita, sería suficiente".

Sin embargo, ella, expresiva y sincera, reconoce que no fue sólo su carácter echado para adelante lo que la ayudó, sino la necesidad de afrontar unas circunstancias personales que la acorralaban por todos lados. "Con 19 años, al hacerme la analítica de mi segundo embarazo, me descubrieron una leucocitosis tremenda. Me hicieron una punción de médula y vieron que era una leucemia. Al poco tiempo, mi marido, que era también muy joven, no debió de saber cómo digerir aquello porque me dejó.

Así que me vi con dos niños chiquitos y sola para criarlos, aunque mi madre, maestra, me ayudó lo que pudo, yendo y viniendo con los críos y sus potitos a Sevilla para recibir tratamiento porque en el Reina Sofía aún no estaba montado el Servicio de Hematología", recuerda María José con lágrimas en los ojos, a pesar del tiempo pasado.
Al año, empezó a ser tratada en Córdoba, donde era sometida a agresivas sesiones de leucoféresis para limpiarle la sangre. Y eso, sin dejar de atender su trabajo de "enfermera del corazón", que es como le gusta recordar su pertenencia al servicio de Cardiología del Reina Sofía, antes de pasar años después al ambulatorio de la  Avenida de
América. "Por fortuna, conté con la ayuda de Candi, para mí, una más de la familia, que cuidaba a mis hijos como yo misma lo hubiera hecho", comenta para quitar hierro al asunto. Llevaba ya seis años en ese plan "cuando el doctor Antonio Torres me dijo que no iba a aguantarlo mucho más y me habló de un tratamiento que se estaba desarrollando en EEUU -dice-. Ofrecía algo así como un 1,5% de posibilidades de curación y requería una radioterapia muy fuerte que me iba a dejar secuelas". Se enfrentaba a una difícil decisión que, cuenta, le hizo derramar muchas lágrimas y pedir consejo a cuantos la rodeaban. "Muchos me decían que era un disparate, pero yo ya sabía el final. Por eso me planteé ¿Y si salgo? No fue valentía -comenta mientras bebe agua para pasar el mal trago del recuerdo sentada ante la mesa camilla de su piso en Córdoba-. Es que no tenía más remedio que luchar por mí y por mis hijos, a los que les hacía mucha falta. Nadie daba un duro por mí, pero tuve que sacar fuerza de flaqueza".

Y, como hasta en la más profunda oscuridad puede surgir un rayo de luz, esta dramática situación le permitió a María José vivir momentos entrañables de solidaridad llegada hasta de quienes menos podía imaginarse. No sólo de su hermano pequeño, entonces un tiarrón de 17 años y el único de sus cinco hermanos que resultó compatible con ella tras las pruebas a las que fueron sometidos en Madrid. También pudo comprobar la generosidad de prácticamente todo Montalbán (Córdoba), su pueblo. "Todo el mundo quería ser donante y dar sangre. Y hasta el taxista se ofreció a llevar gratis a todo el que quisiera hacerse las pruebas".
Parece una escena sacada de una película de Frank Capra, pero en su caso, fue una realidad que todavía no había alcanzado un happy end. "En principio, aquella ciclosporina iba para un chico que murió, así que me la pusieron a mí para aumentar la probabilidad de que no hubiera rechazo -explica María José-. Tras el trasplante, estuve dos meses encerrada en una cámara de aislamiento y, a causa de la ciclosporina, me salió vello por todo el cuerpo -dice-. Pero tras cuatro meses de baja, me incorporé al trabajo porque todo mi empeño era hacer como que no había pasado nada y, poquito a poco, pude hacer una vida normal. Con el tiempo, he llegado a convencerme de que las cosas pasan porque tienen que pasar. Fíjate, si no hubiera tenido tan joven a mis hijos, luego, con la que se me vino encima, no habría podido quedarme embarazada".

Hoy, aunque no renuncia al amor ni a encontrar por fin a su media naranja, esos hijos a los que dio carreras con su esfuerzo, sus nueras y su nieto Manuel ("Mis células están en él -apunta-, en ese niño tengo ya garantizada la vida eterna"), son la principal ilusión de María José, una mujer instalada en una interesante madurez que se considera "una persona feliz y afortunada". Y que recomienda sin dudarlo a todo el que pueda verse en una situación parecida a la que a ella le tocó vivir "que no tema nada porque no son experimentos, que confíe en la ciencia y que no tenga miedo a la palabra cáncer, porque puede curarse". Que así sea.





 
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