Pablo y el príncipe - A Pleno Pulmon

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Pablo y el príncipe

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PABLO
YEL PRÍNCIPE
Por María Eugenia Vílchez

Éste es el cuento de Pablo, un niño de ojos grandes y
enorme sonrisa que dejó de ir al colegio porque estaba malito.
Le hacían falta unos pulmones nuevos para respirar, pero tuvo que esperar
a que alguien se los regalara. Un día, después de un largo verano,
sus amigos lo descubrieron por televisión:
¡Estaba saludando al Príncipe y había conseguido sus pulmones nuevos!


“Érase una vez un niño llamado Pablo que descubrió que tenía un ángel de la guarda…” Así podría comenzar la historia de Pablo, un niño jerezano al que su ángel de la guarda le dejó el regalo más preciado que tenía: unos pulmones nuevos con los que poder respirar. Pablo Muñoz no era un niño como los demás. Era especial, inteligente, simpático, con unos ojos enormes y una gran sonrisa. Pero a medida que se iba haciendo grande, se empezó a poner triste. Ya no quería jugar con nosotros, no podía caminar sin cansarse ni jugar al fútbol ni ir al colegio y ni siquiera, jugar con los niños de su calle. Venía al cole con mascarilla puesta y nunca iba a las clases de gimnasia.
Luego supimos que cuando era más pequeño, los médicos le dijeron a su papá y a su mamá que Pablo tenía fibrosis quística. A medida que iba creciendo, la enfermedad
también crecía con él. Muchos días no podía ir a clase porque se tenía que quedar ingresado en el hospital. Y así hasta que fue poniéndose cada vez más malito, de manera que llegó el día en que Pablo no podía seguir viviendo si no encontraban a un ángel de la guarda que le regalara unos pulmones nuevos.


A veces, en el cole pensábamos en cómo ayudar a Pablo y la seño nos dijo que Pablo necesitaba un trasplante. Un trasplante... ¡ésa era la solución!. Si era así, todo estaría pronto resuelto. Todos sus amigos pensamos en ayudarlo, cualquiera de nosotros le podría regalar sus pulmones para que se pusiera bueno. Pero no era tan fácil: si le dábamos nuestros pulmones, nos moriríamos.
En casa nos contaron que hacía falta que los papás de un niño que hubiese muerto fueran tan generosos que le regalaran a Pablo los pulmones de su hijo, para que él pudiera seguir viviendo. Y así terminó el curso y pasaron las vacaciones y empezó otro curso nuevo, hasta que un día vimos a Pablo saliendo en la televisión saludando al Príncipe. Aún estaba en el hospital y llevaba mascarilla, pero estaban a punto de darle el alta.


Cuando volvió al colegio, era el niño más popular del Hospital Reina Sofía, se había hecho amigo de los médicos, de las enfermeras y de todo el personal del centro que le había cuidado. Y además, seguía siendo el niño popular del cole, no sólo porque era especial sino porque era el único de nosotros que tenía un ángel de la guarda. Entonces, nos contó que unos padres muy, muy, muy generosos habían donado los órganos de su hijo y gracias a eso, habían salvado la vida de Pablo y de otros niños. La mamá de Pablo volvía a sonreír. Y Pablo nos contaba todas sus aventuras en el hospital y lo orgulloso que se sentía de que hubiera personas tan valientes y tan generosas como los padres del niño que le regaló la vida.
Pablo tenía por fin un ángel de la guarda.
Hoy Pablo hace vida prácticamente normal y poco queda ya de aquel niño al que el Príncipe saludó en su visita al hospital. Sólo su autógrafo enmarcado en uno de los rincones de su casa recuerda aquellos meses. Y junto a la firma, unas pocas palabras que resumen el agradecimiento de la familia de Pablo a su ángel de la guarda, a ése que le trajo unos pulmones nuevos.
Y como todos los cuentos, éste también tiene un final feliz para este niño, “Y esto ocurrió gracias a unos padres que nos ofrecieron parte de su ángel, que hoy vive en Pablo, y que nos ayuda desde el cielo”.



 
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