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Muchos se rieron...

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“MUCHOS SE RIERON CUANDO
PLANTEÉ LA NECESIDAD DE TRAER
LOS
TRASPLANTES A CÓRDOBA”
Por Daniel Blanco


Su prestigio lo precede. Lo suyo es la ingeniería quirúrgica y ‘el más difícil todavía’:
trasplantes dobles -hígado y páncreas e hígado y riñón- y hasta triples -hígado,
páncreas y riñón- en un mismo paciente, proezas éstas que lo acreditan como uno
de los cirujanos más afamados de Europa. A estas alturas, con la distancia que dan
los años y también los éxitos, CARLOS PERA MADRAZO dice que el noviazgo del
Hospital Reina Sofía y los trasplantes es la historia de una ambición. O mejor, de muchas
ambiciones, las de todos los miembros de la plantilla. El que fuera uno de los fundadores
del centro hospitalario y jefe de Departamento de Cirugía vuelve la vista atrás para
repasar los duros comienzos -“eso sí, nunca nos hemos rendido”- y dice
haberse retirado con la satisfacción del compromiso cumplido.
¿Su mayor logro? Hacer de los trasplantes una actividad rutinaria.



LA entrevista sale sola y, a veces, toma tintes de monólogo, como si el profesor Carlos Pera Madrazo (Sevilla, 1935) intuyera las preguntas o adivinara la continuación lógica de la charla. Habla con tanta precisión que parece que todo su pasado fuera ayer. Recupera fechas, lugares, nombres y hasta anécdotas sin titubeos, como si estuvieran perfectamente archivados en su memoria. Es un hombre de opiniones firmes y no sólo en la medicina: debate con claridad sobre la enseñanza, la política, la felicidad y los retos del siglo XXI.


Carlos Pera Madrazo ha firmado muchos de los logros que han hecho del hospital una referencia no sólo en España, sino también en Europa. Parece imposible resumir su apabullante currículum en unas cuantas líneas. Sus aportaciones a la medicina marean: fue el primer cirujano europeo en realizar los dobles trasplantes hígado y páncreas e hígado y riñón, llevó a cabo uno de los primeros trasplantes triples -hígado, páncreas y riñón- del mundo y abrió un camino ancho para el desarrollo de la cirugía ontológica y mínimamente invasiva -laparoscopia-, por nombrar sólo algunas. Además, ha participado y dirigido más de cuarenta líneas de investigación y ha publicado casi 400 trabajos en las revistas más prestigiosas del mundo. Éstos son quizás sus logros más populares, los más repetidos por la prensa, los más conocidos por sus colegas, pero el profesor Carlos Pera reivindica los que permanecen escondidos: “Nadie sabe que fui el primero que introdujo en España la ecografía intraoperatoria o la peritonectomía”.
Ahora, ya retirado -que no inactivo-, continúa con la agenda a rebosar: impulsa proyectos solidarios en países africanos, adonde viaja a menudo para formar a médicos autóctonos a través de la Fundación Urafiki, que preside, y está enfrascado en su nuevo reto: un doctorado en geografía. “Todo esto es fruto de la curiosidad. Nunca sabes nada si no tienes la necesidad de saber”. El profesor se queda pensativo: “La curiosidad… Ése es el motivo por el que me hice cirujano y por el que me empeñé con los trasplantes”.


¿Qué ve cuando mira hacia atrás?
Veo el trabajo bien hecho. Veo un compromiso fortísimo por parte de los profesionales con un proyecto en el que todavía creen. Veo los resultados excelentes y las barreras superadas. Veo que la relación del hospital con los trasplantes ha sido un romance de largo recorrido.

¿Cómo recuerda sus inicios?

Yo tomé posesión de mi plaza como jefe de Departamento de Cirugía del Hospital Reina Sofía en diciembre de 1975 y, ya desde el inicio, tuve claras mis prioridades: la primera, poner a punto la cirugía, y la segunda, meter a Córdoba en las dos grandes revoluciones que se estaban produciendo en aquellos momentos: la cirugía endoscópica y los trasplantes. Aún recuerdo que muchos se rieron a carcajadas cuando planteé la necesidad de traer los trasplantes al Reina Sofía… Ahora supongo que estarán asombrados y estupefactos al ver hasta dónde hemos llegado.

¿Cómo fueron los comienzos de los trasplantes hepáticos en este hospital?
Siempre tuve muy claro que para empezar a trabajar con hígados, primero había que consolidar el trasplante renal, que se había incorporado a la cartera de servicios del hospital en 1979. En los 80, nos dedicamos a prepararnos y a hacer las gestiones necesarias para incorporar el trasplante hepático. Tuvimos muchísimos problemas administrativos y, sobre todo, económicos, hasta que, después de muchas reuniones y de llamar a todas las puertas, conseguí una ayuda de Caja Sur de 12 millones de las antiguas pesetas que nos permitió adquirir instrumental, mandar al personal al extranjero para formarse y montar un equipo. Despegamos en el año 1988 con el trasplante de páncreas y no conseguimos la autorización para el de hígado hasta algo más tarde, pero en cuanto lo instauramos, nos pusimos enseguida a buen ritmo.



Y Así llegamos a 1989, la fecha que marca el inicio del trasplante hepático en el Reina Sofía…
Sí, hicimos el primer trasplante de hígado en junio y los resultados fueron excelentes. Recuerdo que tuvimos que ir a Barcelona a por el órgano. Al final, tardamos ocho horas en realizar la operación y al hígado nuevo le costó arrancar. Sin embargo, el paciente sobrevivió. Ese mismo verano, hicimos dos trasplantes hepáticos más. Estábamos eufóricos porque todas las intervenciones fueron fantásticas. Durante muchos meses, no hubo ni un solo problema en los trasplantes de hígado.

Supongo que fueron años de vertiginoso trabajo…
Sí, sobre todo durante los meses previos al primer trasplante. Hacíamos muchos viajes al extranjero para formarnos y también estuvimos más de un año trabajando en un laboratorio de cirugía experimental para la puesta a punto del primer trasplante hepático. Simulábamos la operación con animales. El objetivo era que todos: los anestesistas, los instrumentistas, los ayudantes… se familiarizaran con la técnica para que el día que lo hiciéramos con una persona estuviésemos todos coordinados y funcionáramos como un reloj. Y así fue.


¿Cuál ha sido el secreto de este éxito?
Lo mejor de este equipo ha sido, sin duda, su entusiasmo. Las ganas de hacer cosas grandes y de dar pasos nuevos han sido nuestro motor. El Hospital Reina Sofía es su plantilla. Todos y cada uno de los trabajadores de este centro han contribuido a forjar el prestigio de este hospital. Por eso, estos treinta años se celebran como un éxito colectivo, como una meta que hemos alcanzado todos sintiéndonos un equipo, una unidad indivisible. Aquí no hay, ni debe haber, nombres propios porque somos una cadena en la que todos los eslabones son imprescindibles, desde los cirujanos a los anestesistas, desde los intensivistas hasta los enfermeros… Todos somos importantes. Repito: los trabajadores y su entusiasmo son lo mejor de este hospital.

Pero, a veces, no todo puede hacerse con entusiasmo…
Es cierto. Nos hemos topado con muchas dificultades, pero todas -o casi todas- han sido superadas. Todos hemos evolucionado en estos treinta años: los profesionales, la sociedad, la Administración,… y nos hemos visto obligados a ir aprendiendo. Por ejemplo, hemos luchado para que comprendieran que el trasplante no puede ser una cuestión política, sino de equipo y de medios. La financiación también nos ha traído más de un quebradero de cabeza porque nunca estaba cuando la necesitábamos. Pero vuelvo a insistir: aquí estamos, con treinta años a nuestras espaldas y con un currículum de éxitos que sigue creciendo… Lo fundamental es no aburrirse, perseverar, ponerse en la cola y jamás retirarse, porque las oportunidades llegan y sólo las aprovechan los que están alerta.


Hablando de currículum, el suyo está lleno de grandes hazañas, ¿de cuál se siente más orgulloso?
El trasplante es ahora una rutina. Hacer este tipo de intervenciones ya no es ninguna noticia y ése es, quizás, el mayor logro, pero no mío, sino de todo el equipo. Después, ha habido momentos muy especiales porque decidimos arriesgarnos y la apuesta salió bien: fuimos los primeros de Europa en hacer trasplantes múltiples de hígado y páncreas, también de hígado, páncreas y riñón, y uno de los pioneros en trasplante infantil. Para mí, ha sido muy importante nuestra contribución a la investigación, que se ha traducido en un número considerable de publicaciones en las mejores revistas del mundo. Si me tengo que quedar con algún momento especial, elijo sin duda aquéllos en los que hemos operado a bebés de bajo peso, porque requiere de una precisión absoluta. Todo ahí es delicado, es frágil.

Habla siempre de equipo. Comparte los halagos con los miembros que lo han acompañado en esta andadura…
Es lo justo. Antes, en tiempos de Galileo, a los astrónomos les bastaba con tener un telescopio, pero hoy, los profesionales que investigan tienen que estar integrados en un gran proyecto y en un equipo eficiente. Por eso, le doy tanta importancia a la fusión entre el hospital y la Universidad y a la unión de recursos, sobre todo humanos.

Dijo usted en una ocasión que los trasplantes en el Reina Sofía eran el resultado de una ambición…
Bueno, de muchas ambiciones: las de cada uno de los miembros del equipo. En el Hospital Reina Sofía, queríamos ser los mejores y trabajamos para ello. Yo siempre les he inculcado a mis compañeros el valor de la competitividad: les decía que ambicionaran lo mejor, que tuvieran las miras altas y que se comprometieran con sus objetivos. Les animaba a que, cuando empezaban una investigación, se plantearan ser Premio Nobel. Ése es el espíritu que quiero en los que trabajan a mi lado.


¿Cambiaron los trasplantes la forma de trabajar en el Reina Sofía?
Lo mejor de los trasplantes es que, sin trastocar la dinámica del hospital, lo pone a punto y lo vuelve exigente y efectivo. Los trasplantes no perdonan los errores e imprimen carácter en la forma de trabajar de los profesionales. Es una prueba de fuego para un hospital, la garantía de que tiene un engranaje perfecto y sincronizado.

¿Qué ha significado el desarrollo de los trasplantes para la medicina?
En cirugía, ya se ha roto la barrera de la infección y del dolor, y ahora, con los trasplantes, se rompe la barrera de lo íntimo. Es decir, le incrustamos al paciente una cosa -un órgano- que no es suya. ¿Y sabe lo mejor? Que a medida que pasa el tiempo, le vamos retirando parte de la inmunosupresión al enfermo, lo que significa que el cuerpo empieza a aceptar el nuevo órgano. Es una quimera, algo casi mágico, porque el sistema inmunológico tiende a rechazar cualquier elemento extraño.


Usted, en sus intervenciones, subraya siempre la importancia de la educación, de la relación maestro-discípulo y de la Universidad.
Por supuesto. Para mí, la Universidad es un periodo de formación vital para el alumno donde el profesor no sólo debe enseñar lo que ya se sabe -para eso están los institutos-, sino que debe centrarse y enfocar sus esfuerzos en el saber no conocido pero posible, es decir, en la investigación. La enseñanza tiene que instruir con un criterio que sólo se puede transmitir si se investiga. Un buen profesor es el que consigue entusiasmar y ése ha sido siempre mi objetivo: conseguir la cooperación de los alumnos, su implicación y su reacción. Si no hay una relación viva y activa entre el maestro y los discípulos, la enseñanza se hace aburrida y se parece a una agresión, porque el alumno recibe información sin implicarse y sin interés, casi a la fuerza. Enseñar es fomentar la participación, la investigación, la integración de nuevas técnicas, el establecimiento de horizontes inéditos,… Mi mayor satisfacción es que mis alumnos salgan de la Universidad con las ganas de hacer cosas importantes, de ser competitivos y de convertirse en los mejores. Sólo así avanza la medicina.

¿Qué mensaje les deja a las nuevas generaciones, a esos médicos jóvenes que están tomando el relevo a los impulsores de los trasplantes?
Que rematen, que consoliden lo que hemos conseguido y que den nuevos pasos hacia adelante. Yo siempre he dicho que los de mi generación hemos sido el Renacimiento y que los jóvenes de ahora tienen que actuar como el Barroco, que pone en orden todo lo que se ha hecho.
A todos los que están empezando, les digo que la felicidad no está en el dinero ni en la acumulación de riquezas, sino en los objetivos cumplidos. Es eso, en definitiva, lo que nos diferencia de los animales: que somos capaces de crearnos metas y de utilizar las herramientas para llegar a ellas.



¿De qué pasta está hecho usted?
Yo soy cirujano: lo que pienso, lo hago. Es decir, no me amilano ante nada. Creo que he hecho muchas cosas buenas. La primera, rodearme de buenos profesionales. En toda mi carrera, siempre he seguido dos premisas que a mí me han funcionado: he trabajado en la clandestinidad para que nadie me estorbara y no levantar envidias. Eso es fundamental, es decir, sólo he aparecido cuando las cosas estaban ya hechas. Y por otra parte, he practicado la constancia, el saber ponerme a la cola y no quitarme nunca.

¿Cuántas veces le han dicho que tiene usted un don o que sus manos son milagrosas?
(Risas). Muchas, incontables. Es cierto que muchos hablan de don, pero es más fácil que todo eso. Hace años, coincidí en una comida con ‘el Cordobés’ y alguien de la mesa le preguntó por su don en el toreo. Él, muy serio, le respondió: “No es un don, es repetir, repetir y repetir; pasar cintar, pasar cinta y pasar cinta, ver lo que has hecho mal y corregir los errores”. Ocurre lo mismo con los cirujanos. Lo que hay detrás de nuestras hazañas es mucho trabajo y una capacidad importante de autocrítica para saber qué no ha salido como estaba previsto y qué podría haberse mejorado.

¿Interviene la política en la medicina?
A veces. Y parece inevitable. La Administración puede impulsar los proyectos o frenarlos. Ha sido así siempre y sigue siendo así, pero el empeño y la constancia de un médico tienen que estar por encima de las filias o la fobias de un Gobierno.


¿Qué han sido los trasplantes para usted?
Siento que he puesto mi vida ahí. Todo esto -los programas de trasplantes que se han ido instaurando en el Reina Sofía, los avances, la salvación de vidas…- ha sido el proyecto de mi vida. Sin duda. Además, me han dado muchas cosas. Los trasplantes, por ejemplo, son los responsables de que yo jamás me moviera de Córdoba. A ellos, les debo también algunos de mis grandes reconocimientos. Son como un hijo predilecto, como un hijo favorito que siempre me ha dado muchas alegrías y al que ha habido que cuidar más que a ningún otro.

Ahora que está jubilado, ¿echa de menos esa carrera de fondo que han sido los trasplantes?
Yo terminé mi trayectoria laboral en el hospital con muy buen sabor de boca: la puesta en marcha del trasplante de vivo relacionado, es decir, de un donante que oferta la mitad de su hígado para implantárselo al paciente. De todas formas, no me aburro. Sigo relacionado con la medicina y tengo muchas aficiones. La última, la geografía.

¿Es el trasplante de vivo relacionado el futuro?
Los resultados de vivo relacionado son mucho mejores que los de donante cadáver y además, se quita a una persona de la lista de espera. Tenemos que continuar por ese camino, aunque es una práctica que no está exenta de riesgos -mínimos- para el donante.


Sin embargo, no se ha retirado del todo: sigue regalando su conocimiento, sigue salvando vidas… ahora en África. ¿Cómo afronta esta nueva faceta?
Todo empezó durante una visita a un hospital público de Tánger, a la que fui invitado por un amigo. Aquello era mucho peor de lo que me imaginaba. La Unidad de Cuidados Intensivos era una sala arcaica y con poquísimos recursos. Desde entonces, trabajo para formar a médicos en zonas pobres. Voy a menudo a países africanos a pasar temporadas para llevarles material y para exponerles mi conocimiento. Allí se vive todo con otra intensidad… Es la medicina sin medios.

Si le concedieran un deseo para los trasplantes, ¿cuál sería? ¿Qué pediría?
Sin duda alguna, pediría que nos libráramos de la inmunosupresión. ¿Cómo se hará? No lo sé y tengo la sensación de que aún está un poco lejos, pero cuando consigamos eliminar el rechazo, se producirá la gran explosión de los trasplantes.

¿Qué queda por mejorar?
Las listas de espera. Cuanto más tiempo pasa un paciente esperando un órgano, menor es su probabilidad de supervivencia y peores, sus condiciones de vida. Por eso, es fundamental la concienciación, para que todos donemos y se reduzca a cero la negativa familiar.


¿Una última frase?
He disfrutado mucho con todo lo que he hecho.




 
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