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Los trasplantes son...

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“LOS TRASPLANTES SON
COMO UNA GRAN LOCOMOTORA QUE
TIRA DE MUCHOS VAGONES”
Por Daniel Blanco


Algunos cordobeses confiesan que llevan en la cartera una fotografía suya junto
a las estampas de los santos. Otros dicen que su nombre está más cerca del milagro
que de la medicina. Y todos lo reconocen por la calle y coinciden al afirmar que
su aportación ha sido esencial para la instauración y el posterior desarrollo de la actividad
trasplantadora en Córdoba. MANUEL CONCHA, catedrático de medicina y jefe
de servicio de Cirugía Cardiovascular del Hospital Reina Sofía, creyó, hace treinta años,
en las inmensas posibilidades de los trasplantes. Y lo ha demostrado.
De sus manos han llegado algunos de los momentos más fascinantes de la trayectoria
de este centro, como la intervención para colocarle un corazón nuevo a un bebé
de sólo ocho días -“el órgano no era más grande que una fresa”-.
El doctor Concha insiste, durante toda la entrevista, en tres conceptos y parece
dar así el secreto de su éxito: ilusión, compromiso y equipo.


HIJO predilecto de Córdoba, también de Cádiz, Medalla de Plata de la Junta de Andalucía, Fiambrera de Plata del Ateneo de Córdoba, Ateneísta de Honor… El currículum de Manuel Concha Ruiz (Castellón, 1942) acumula casi tantos reconocimientos como logros médicos. Y es que este cirujano -al que algunos se refieren como el ‘doctor corazón’- no sólo fue uno de los fundadores del programa de trasplantes en el Hospital Reina Sofía, sino que ha sido una pieza fundamental en el desarrollo y la eclosión de la cirugía cardíaca en Córdoba. Incansables han sido sus ganas por afrontar nuevos retos y complicados desafíos. No en vano, él capitaneó el primer trasplante de corazón del hospital y también la complicada intervención a Laurita, la niña que, con ocho días, recibió un corazón nuevo. Hazañas como éstas, que se han ido sucediendo durante tres décadas, han colocado a Córdoba a la vanguardia nacional e internacional de la actividad trasplantadora, pero Manuel Concha insiste: "El mérito, lejos de estar vinculado a un nombre propio, es de todo el equipo".
Durante la entrevista, salen las otras facetas de Manuel Concha, ésas que se esconden detrás del cirujano de prestigio. Es escritor -con varias publicaciones, entre las que se cuentan Povedano: retrato en tres tonos, La creatividad en la vida cotidiana, Pioneros de la cirugía del corazón, Aspectos sociales y éticos de los trasplantes de órganos-, académico y melómano. Tiene también algunas debilidades confesas: el mar y el flamenco, "sin contar los trasplantes", aclara. La conversación pasa de la medicina a la música, de la música a los libros, de los libros a la pintura y de la pintura, otra vez a la medicina. Todas sus pasiones comparten la misma visión del mundo y todas tienen un denominador común: "la ilusión y el compromiso con los que vivo todo lo que me interesa", dice.
El catedrático Manuel Concha acumula conocimientos y además, los comparte. Él nos hace de guía por estos treinta años de trasplantes. Explica cómo se vivieron los inicios y cuáles fueron los obstáculos, reflexiona sobre esa relación tan estrecha entre la sociedad cordobesa y el hospital, detalla en qué han cambiado los trasplantes y sobre todo, confiesa si se han cumplido las expectativas de esa generación que forjó el conocido ‘espíritu Reina Sofía’.

¿Qué siente al ser tan popular en la sociedad cordobesa?
(Risas). Nunca he perseguido la fama ni la popularidad. Ha venido sin buscarla, como una consecuencia de mi trabajo, así que sólo puedo recibirla con alegría y sencillez. Entiendo que las muestras de cariño que me dan por la calle son un reconocimiento a mi trabajo y al de mis compañeros; las interpreto como señales de agradecimiento por la labor que hemos desempeñado durante tantos años. Ahora, con el paso del tiempo, creo que esto es un premio a la ilusión con la que hemos trabajado por la medicina y por esta ciudad.

¿Es la ilusión necesaria para alcanzar el éxito?
Sin lugar a dudas. La medicina no puede entenderse sin ilusión. Si la generación que se decidió a traer los trasplantes a Córdoba no hubiera creído en sus posibilidades y no hubiera trabajado con entusiasmo, le aseguro que ahora no estaríamos hablando de estas cifras de trasplantes en el Hospital Reina Sofía: más de 4.800 en tres décadas. Fuimos un equipo que creyó en los trasplantes y hemos demostrado que nuestro compromiso era verdadero. Vital.

Habla de compromiso…
Sí, porque estos treinta años de trasplantes es el fruto de mucho trabajo y de mucha dedicación. Empezábamos desde cero y había que intentarlo todo. Ahora sabemos que hicimos lo que teníamos que hacer. A mí me queda la satisfacción del trabajo bien hecho, aunque el camino aún no se ha acabado. Las metas van llevando a nuevas metas. Los objetivos cumplidos van llevando a otros objetivos, más altos, más importantes. Yo no puedo pararme, quiero estar continuamente aprendiendo y con la confianza de que las cosas siempre se pueden mejorar.

Quizás ahora no podemos imaginarnos el esfuerzo que supuso instaurar y consolidar los trasplantes en el Hospital Reina Sofía.
Ya estamos acostumbrados, es algo habitual. Trasplantar forma parte de la rutina del hospital y está tan asumido por la sociedad que muy pocos recuerdan los comienzos. Empezamos pidiéndole favores a todo el mundo: a los militares, a la Policía, a la Guardia Civil,… porque para trasplantar, no sólo hace falta que los profesionales estén preparados, sino también transporte disponible para traer y llevar órganos, la concienciación de la sociedad… Es decir, tuvimos que poner en marcha toda la maquinaria desde cero, y eso sin contar las conversaciones con la Administración. Insisto: ha sido un compromiso vital de todos los que participamos en esos inicios. Aceptábamos las cosas porque eran así y porque si queríamos que cambiasen, teníamos que ser nosotros los impulsores de este cambio.

¿Les daba miedo el fracaso?
Supongo, aunque no lo hablábamos demasiado. Lo cierto es que si hubiésemos fracasado, habría sido un clamor. Había un cierto nerviosismo colectivo por la que se nos podía caer encima, pero sabíamos que estábamos muy bien preparados y que no habíamos dejado nada a la improvisación. Estábamos creando la cultura del trasplante, estábamos innovando y eso siempre lleva implícito un riesgo que no dudamos en asumir.

¿Pensaron en arrojar la toalla en algún momento?
De ninguna manera. Éramos conscientes de que no íbamos a abandonar aquella aventura que tanto nos entusiasmaba. Había una sensación de estar andando por un camino virgen. Todo era nuevo. Cada operación era una première y un descubrimiento

No puede negar que fue usted testigo de una época importantísima para la medicina cordobesa y española…
En efecto. Fui testigo activo y eso me gusta. Tengo la sensación de haber contribuido con mi trabajo y mi empeño a un cambio sustancial. Fueron años de mucha intensidad, de hacer apuestas por el avance en la medicina, de querer caminar siempre hacia adelante, de no tener miedo a los obstáculos ni a las complicaciones. Soy consciente de que tengo muchas vivencias compartidas con mis compañeros…

Suena nostálgico.
No, es que en el Hospital Reina Sofía se han dado muchos pasos en los trasplantes, todos al frente. Se han ido consiguiendo hitos, se han ido alcanzando metas y superando momentos delicados. Y todo esto lo hemos vivido en equipo. Si no hubiera habido compañerismo, no lo habríamos conseguido, de eso estoy seguro.

¿Qué han significado para usted los trasplantes?
Ha sido meterme en un mundo apasionante e inagotable, un aprendizaje maravilloso y un reto importantísimo. Evidentemente, los resultados de los inicios no eran comparables a los de ahora, sobre todo por el tratamiento postoperatorio. La técnica quirúrgica no ha cambiado demasiado, pero sí la supervivencia de los pacientes gracias, en parte, a los fármacos inmunosupresores. Me siento orgulloso de haber colocado, junto a mis compañeros, la primera piedra de los trasplantes, pero reconozco que hemos sudado mucho y que hemos pasado muchas noches en blanco.

¿De los trasplantes se empapa la dinámica del hospital?
Los trasplantes son como una gran locomotora que tira de infinidad de vagones. Es una práctica que engloba a muchísima gente y que nos obliga a estar muy preparados, a seguir aprendiendo y a ser efectivos a contrarreloj. Los trasplantes, a pesar de que no representan más del 1% de la actividad de un hospital, son muy importantes porque engrasan la maquinaria y requieren de una coordinación precisa.

Usted se especializó en cirugía del corazón, que además, tiene algunos retos añadidos.
Sí, el corazón tiene la tremenda complicación de que no dura más de cuatro horas desde que pasa del donante al receptor. Un riñón, por ejemplo, dura ocho veces más. Además, es un órgano único, muy delicado… Sin embargo, también a esto nos hemos acostumbrado. Hemos aprendido a hacerlo todo corriendo, aprisa, en una verdadera cuenta atrás.

¿De dónde nace su interés por la cirugía cardiovascular?
Es un órgano con mucha carga simbólica, cuyo tratamiento técnico se ha desarrollado fundamentalmente en los últimos treinta años. Ha sido el gran desconocido durante muchísimo tiempo. Por ejemplo, en el siglo XVIII se decía que las enfermedades del corazón eran muy raras y que no tenían curación y en el XIX, todos estaban convencidos de que era un órgano inaccesible. La cirugía cardiaca empieza en 1953, cuando se hace la primera operación a corazón abierto. Es con la creación de una máquina que suple su función -bombea y oxigena- cuando se produce la gran revolución. A mí, eso me fascinó. Me propuse participar en el desarrollo de la cirugía del corazón porque quise contribuir al conocimiento de este órgano.

¿Lleva la cuenta del número de trasplantes de corazón en los que ha participado?
Uf... En unos 500 y un 10% ha sido en niños. Aunque el trasplante renal se realiza en el Hospital Reina Sofía desde 1979, no fue hasta el 10 de mayo de 1986 cuando hicimos el primero de corazón. A partir de ahí, ya fueron todos seguidos: páncreas, hígado, pulmones…

Se atrevió usted, además, con la cirugía cardiaca en pacientes recién nacidos…
Hay momentos de la vida en los que no se puede dar marcha atrás, en los que se cruza un punto de no retorno. Cuando empezamos a hacer trasplantes, sabíamos que queríamos seguir avanzando, y la cirugía a bebés era un reto y también una necesidad.

Al pensar en su trayectoria, ¿cuál es el primer momento que se le viene a la cabeza?
Hubo dos situaciones que recuerdo con especial emoción. La primera está relacionada con Laurita, la niña a la que trasplantamos de corazón con sólo ocho días. Fue un reto y un momento fascinante que, además, se iba alargando en el tiempo al ver que la paciente iba respondiendo como queríamos. El otro recuerdo está vinculado a mi vida familiar. Era un día en el que nos íbamos de vacaciones. Yo estaba a punto de montarme en el coche, que ya estaba cargado de maletas y con mis hijos dentro. Me llamaron del hospital justo antes de arrancar para decirme que teníamos un paciente para trasplantar -no se me olvidará su nombre: Vicente Siles- y que tenía que irme con urgencia al quirófano. El viaje, lógicamente, se suspendió y mi hijo pequeño –el único que se ha dedicado después a la medicina- se tiró en el suelo del garaje, pataleando y gritando: "Yo no quiero tener un padre médico". Un drama. (Risas). Por eso le hablo de que esta profesión es un compromiso vital.

¿Los hitos en los trasplantes han eclipsado otros logros suyos?
Es inevitable. Los trasplantes han disfrutado de una repercusión en la prensa que no han tenido otros logros de la cirugía cordobesa. Por ejemplo, en el Hospital Reina Sofía fuimos los primeros en operar en fase aguda los infartos agudos de miocardio, hemos sido también pioneros en el desarrollo de la cirugía en neonatos y lactantes, y de la aorta y del aneurisma.

¿Qué hay que tener para ser un buen médico?
La preparación y la técnica son imprescindibles, pero la medicina es mucho más que eso. Yo insisto en algo que parece que se está perdiendo: la comunicación. El paciente necesita que el médico le hable, necesita confiar en él. Es de justicia. Los profesionales tenemos que saber valorar lo importante que es la relación del enfermo con todo el personal sanitario: desde el celador hasta el enfermero y el médico. Yo he sido consciente de lo que cura el afecto. Y para mí, eso es la medicina.

Llama la atención esa comunión tan íntima entre la sociedad cordobesa y el Reina Sofía. Los ciudadanos están orgullosos de su hospital, cosa que no ocurre en otros lugares. ¿A qué se debe este enamoramiento?
Sí, es como un enamoramiento y además, correspondido, y se debe a una razón muy sencilla. El hospital abre sus puertas en 1975 y se produce una coincidencia que es una bendición para Córdoba: un relevo generacional. Es decir, hay un equipo de profesionales -entre los que me incluyo- que ganamos muy jóvenes la plaza de jefes de servicio: Carlos Pera Madrazo en Cirugía, José Peña en Inmunología, Gonzalo Miño en Digestivo, Antonio Torres en Hematología… y que llegamos con muchas ganas de hacer cosas. Ninguno éramos de Córdoba, pero coincidimos aquí, y aquí nos quedamos. Crecimos a la vez que el hospital y fundamos lo que se dio a conocer como el ‘espíritu Reina Sofía’, que simbolizaba la juventud, la buena preparación, el empeño incansable, el compromiso férreo y la apuesta por la investigación.

¿Qué más nos queda por ver en los trasplantes?
La genética desarrollada. Es el futuro: la fabricación de órganos con células madre. A pesar de eso, no dejamos de trabajar en otras líneas de investigación, como los marcapasos o el corazón artificial. Hay que tener presente que, en España, unas 5.000 personas necesitan un trasplante cardiaco y que sólo se hacen 400 al año, lo que obliga a buscar la sustitución del corazón por algún objeto mecánico.

¿La idea de trasplantar corazones de algún animal -cerdo o vaca- a humanos quedó ya descartada?
Sí, los xenotrasplantes se abandonaron y no creo que se retomen. Yo estuve trabajando durante mucho tiempo en esa línea, pero al final tuve que dejarla a causa de la polémica con las posibles transmisiones virales de los animales a los humanos.

¿Cómo soporta un cirujano la presión de tener en sus manos la vida de otra persona?
Con el tiempo, uno se acostumbra a afrontar el riesgo. Vivo las operaciones con serenidad, nunca con nerviosismo. No puedo permitirme estar intranquilo en un quirófano. La responsabilidad es de quien hace la intervención; por eso tengo que estar preparado para cualquier complicación imprevista durante la operación. En la cirugía, como dicen en el toreo, no hay que perderle nunca la cara al toro.

¿Qué piensa cuando se habla de milagro en un quirófano?
La tentación de confundir el milagro y la curación está siempre presente, pero no se puede atribuir a la divinidad lo que corresponde a la técnica. Eso no quiere decir que no exista la capacidad de sorpresa y de asombro.

Doctor, ¿qué le queda por hacer?
Como dijo en una ocasión Saramago, "yo sólo aspiro a estar en paz y en concordia conmigo mismo y con lo que me rodea". Yo creo que es posible la ilusión. Me acuerdo también de una frase de Gala: "La felicidad, si existe, consiste sin duda en estar de acuerdo con uno mismo".

¿Qué les dice a las nuevas generaciones?
Que no se inventa nada sin trabajar y que en la medicina se nota cuando no hay ilusión.



 
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