La esperanza paralela - A Pleno Pulmon

Vaya al Contenido

Menu Principal:

La esperanza paralela

Medios de comunicación > Libros y revistas > Cita con la vida

LA ESPERANZA
PARALELA
Por Antonio Chaves



Dicen que cuando un camino está andado, resulta más fácil para alguien
que viene detrás atravesarlo. Una enfermedad hereditaria que puede
llegar a causar la muerte no es precisamente un regalo, pero cuando se tiene
la luz, la guía, el espejo en el que mirarse para superarla, uno siempre se siente
afortunado. Belén Maté ha encontrado en su hermana Esther las huellas de un
camino hacia la vida, hacia la solución efectiva de la enfermedad que, como su
hermana mayor, padecía: la fibrosis quística. Dos hermanas, dos
trasplantes y un mismo afán de superación.




ESTHER y BELÉN   son las únicas de cinco hermanos que han nacido con fibrosis quística y desde muy pequeñas, cargaron con ella sobre sus espaldas. Entre sus antepasados, hubo casos que ahora, desde la distancia y con los conocimientos avanzados sobre medicina, se pueden acercar a lo que ellas han padecido. La historia de superación de las hermanas Maté comienza desde niñas con la doble sensación de saber que todo cuesta más, pero sin conocer realmente el por qué como lo  saben ahora, cuando Esther tiene 35 años y Belén, 31. "Hasta los 19 años, no era realmente consciente. Me ponía más mala de lo normal, tenía que hacer fisioterapia, pero no sabía con certeza qué me pasaba", recuerda Esther, a quien su cuerpo empezó a decir que algo fallaba siendo una niña de siete años, cuando su familia recibió el diagnóstico.

Pero fue a partir de los 15 años cuando el estado de salud de Esther Maté comenzó un declive acentuado hasta que a los 19, empeoró aún más. La grandeza de personas
como Esther y Belén no está en su estatura -son más bien menuditas-, sino en las ganas de salir adelante a toda costa, sea como sea. Al mismo tiempo que la salud de Esther era una amenaza creciente, ella sacaba de donde podía las agallas para merendarse una asignatura tras otra en la carrera de Ingeniería Industrial.

Cuando tenía 24 años, pasó parte de las navidades ingresada y ya desde un año antes, se planteaba seriamente la opción del trasplante. "Le comenté a mi médico que había visto en televisión a una chica que habían trasplantado y le dije que quería hacerlo", explica. Estuvo ingresada quince días y cuando salió del hospital, sufrió el golpe más duro. "Tenía cita para gestionar el tema del trasplante y no pude ir porque sufrí un neumotórax -entrada de aire en la cavidad pleural- y estaba ingresada", relata.

El neumotórax y su estado de salud aceleraron el proceso y Esther ingresó grave. Cuando recobró el conocimiento, ya tenía trasplantados sus dos pulmones. "Es cierto que el postoperatorio es duro, pero también porque llegué muy mal al hospital", rememora. "A los dos meses, me sentía mucho mejor", añade. Y tanto. "De ahogarme al subir las escaleras a empezar a correr", sentencia Esther. Y está en buena forma de tantas veces que recorre el paseo marítimo de Málaga. También corretea detrás de un pequeñajo de origen kazajo de casi cinco años que la tiene cautivada. "Siempre había querido tener un hijo biológico y después adoptar otro, pero había médicos que decían que no se podía y otros que sí; creo que sólo hay unos diez casos en el mundo de mujeres en mi situación que no han tenido problemas", recuerda. Esther decidió no arriesgarse después de haber sufrido tanto y de sentirse por fin sin ese lastre en sus pulmones, y adoptó.

Antes de que llegara su regalo desde Kazajistán, Esther dio otros dos pasos importantes en su vida: se casó y consiguió algo que muchos no tienen y ansían -sobre todo en estos tiempos- al aprobar las oposiciones como funcionaria de la Junta de Andalucía. El conformismo no parece estar en el diccionario de Esther porque ya está pensando en adoptar un segundo hijo.

Quien aún no ha encontrado el amor de su vida es Belén, que cuando sale el tema se lo toma a guasa. De momento no sigue los pasos de su hermana en ese terreno, pero se vio obligada a seguirlos en compartir enfermedad, pero de otra forma. "Yo siempre me he encontrado mejor que Esther" sostiene.

Belén tuvo menos complicaciones que su hermana durante todo el proceso. "Los tratamientos siempre me iban bien", afirma. Le detectaron fibrosis quística cuando tenía tres años, lo que tanto a ella como a Esther -diagnosticada con siete años- les ha obligado a vivir acostumbradas a su enfermedad. "Lo hemos vivido de una manera muy natural; nos hemos adaptado poco a poco. Si algún día iba tarde, una compañera me decía que sabía cuándo había llegado a clase por la tos", explica Belén.

La hermana pequeña de Esther comenzó a encontrarse peor a los 27 años. "Acabé la carrera en diciembre de 2006 y no tenía ganas de buscar trabajo porque me veía mal. En mayo de 2007, sufrí un neumotórax y empecé a esperar el trasplante", recuerda Belén.

Haber vivido la enfermedad de su hermana, haber tenido en ella su espejo ha sido duro para Belén, sobre todo por el mero hecho de ver sufrir a un ser querido. También ha sido complicado para Esther, pero el resultado positivo de su intervención, la mayor información y los avances médicos que se han producido desde entonces han supuesto que el haber conocido esa senda desde cerca haya tenido "mucho de bueno", afirma.

Belén habla como si los retos fueran un hábito. Terminó la carrera de Veterinaria en Córdoba y parece haberle cogido el gusto a la ciudad en la que fue trasplantada de un solo pulmón en julio de 2007. Trabaja en la capital cordobesa en unos laboratorios de análisis clínicos y no corre tanto como su hermana. A ella le gusta más que sus pies dibujen el serpenteo de unas ruedas. Está lejos de ver el mar mientras patina, pero no ha podido dar con mejor sitio que el que ya ha sido bautizado como el paseo marítimo de Córdoba, el Vial Norte.

Belén ha tenido a Esther y viceversa, pero ambas destacan el papel de todos sus familiares cuando la enfermedad intentó ponerles la zancadilla. "La familia ayuda mucho, es lo más importante" sentencian al unísono. Belén no oculta lo evidente, que hay miedos a la hora de afrontar un trasplante: "Cuando fue el caso de Esther, íbamos más negativos porque veíamos que la gente moría, pero después, lo afrontamos con otro espíritu, era lo que teníamos más ganas de hacer", subraya.

Después de ser trasplantada, Belén enfermó del oído y pasó un tiempo en el hospital. Su compañera de habitación necesitaba un trasplante para vivir. "Cuando nos vio a las dos, se animó mucho porque tenía mucho miedo", relata. La chica del hospital conoció a Belén, a Esther… Y la familia de la esperanza siguió creciendo.


 
Regreso al contenido | Regreso al menu principal