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“HICIMOS
LO QUE TENÍAMOS QUE HACER
Por Aristóteles Moreno


La familia de Eulalio Medrán predicó con el ejemplo. Hace más de
veinte años, en 1988, su viuda se enfrentó, en soledad y sin más
herramienta que la buena fe, a una de las situaciones más duras de su
vida: decidir si quería donar los órganos de su marido. Dijo ‘sí’ y no se
arrepiente, aunque su elección levantó ampollas entre algunos miembros
de su entorno familiar, poco habituados a estas muestras de generosidad.


LA mañana del 6 de octubre de 1988, Natividad Urbán se topó con una de las decisiones fundamentales de la vida. Eulalio Medrán, su marido, agonizaba en una cama del Reina Sofía y un médico le pidió que pasara a su despacho. “Yo ya sabía para lo que era, lo intuía. Y di la autorización. No sé ni cómo firmé siquiera. Él quería darlo y yo dije que sí, que querían sus hijos y ya está”. Las pruebas esenciales se afrontan en la más absoluta soledad y sin más instrumentos que la buena fe. Natividad Urbán es una mujer sencilla, escueta en palabras y hoy, más de veinte años después, trae a la memoria, rodeada de sus tres hijos, aquel día funesto. Cuatro días antes, el 2 de  octubre de 1988, la vida de la familia Medrán dio un vuelco copernicano. Eulalio jugaba al dominó en una finca cercana a Adamuz y de súbito sintió un escalofrío que le  sacudió hasta el tuétano. Todo lo que sucedió a continuación fue un desplome irremisible del organismo y un intento a contrarreloj de la familia por contener lo inevitable. Eulalio Medrán ingresó con un derrame cerebral severo que ya no tendría vuelta atrás.

¿Nunca dudó?
No. Quizás me hubiera quedado mal si no hubiera autorizado la donación. Ésa era su voluntad.
Fueron cuatro días demoledores. Entre los sillones atestados de familiares y la angustia del recibidor de la UVI. Natividad Urbán no quiso que sus tres hijos, en torno a la
veintena entonces, contemplaran a su padre asistido por un enjambre de máquinas. “Me tranquilizaba verlo en la UVI. Un día movió el dedo del pie y me decía a mí misma: “Que esté vivo, que esté vivo”. Pero el médico me espetó secamente: “Rece usted para que se muera. Si vive, será un vegetal”. Hasta que el doctor, al cabo, la mandó llamar para anunciarle lo irreparable. Los médicos le practicaron una extracción múltiple: dos riñones y el páncreas, en una de las operaciones pioneras de aquellos años.
La disposición a la donación de órganos vino de la mano de sus hijos, que, por estas cosas de la vida, se habían hecho donantes y habían precipitado, a la postre, que su padre diera su confirmación en caso de fatalidad. Y la fatalidad llegó. En aquellos años, la donación de órganos era terreno abonado a la suspicacia. Hasta en su propia familia. De tal forma que algunos allegados directos no encajaron bien la decisión y organizaron un revuelo desagradable prácticamente en el lecho de muerte de Eulalio.

¿Qué se siente cuando se firma un papel así?
Yo me quedé muy a gusto, ya que lo había perdido a él. Nunca he tenido remordimientos.

¿Se sintió comprendida?
En aquel momento casi nadie estaba de acuerdo, pero nosotros lo teníamos muy claro. No hicimos mal a nadie. Todo lo contrario: hicimos un bien. Lo que teníamos que hacer.
¿Usted cree que algo de su marido vive en alguna parte?
No sé. Una vez quise saber si el páncreas estaba aquí, en Córdoba. Pero me eché para atrás. No me atreví.
Desde aquel fatídico día, Natividad Urbán no ha vuelto a derramar una lágrima. El organismo activó uno de esos mecanismos ancestrales de defensa, quizás para ofrecer a sus hijos entereza y contención ante la adversidad. Los tres tuvieron que dejar los estudios y contribuir al mantenimiento doméstico trabajando en una platería. Se vieron obligados a vender el coche. Natividad, la mayor, tenía 22 años cuando Eulalio Medrán falleció; María Auxiliadora, 19; y Lalo, 17.
Nati tenía un hilo invisible que la unía singularmente a su padre. Semanas después, cuando pasa la muerte como un vendaval y siembra un silencio inconmensurable, se vino abajo como un castillo de naipes. El abatimiento. Pero la vida restaña laboriosamente las heridas y hoy, más de veinte años después, la familia evoca a Eulalio Medrán con serenidad y respeto.

¿Uno está preparado para esto?
Nunca -asegura Lalo tajante-. Esto te hace madurar. Te levantas un domingo por la mañana y por la tarde, ves que la vida te ha cambiado.

¿El tiempo lo cura todo?
Los recuerdos no -subraya Nati-. No es como el primer día, pero siempre se tienen a las personas en la mente. A mí no se me olvida. Parece que lo estoy viendo ahora mismo.



 
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