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El corazón del cirujano

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EL CORAZÓN
DEL CIRUJANO
Por Montse Sans


La vida de ANTONIO GORDÓN está unida al Hospital Reina Sofía desde
diferentes ámbitos: como cirujano, como gestor del centro y además,
como trasplantado. Él, médico de profesión, tuvo que enfrentarse al mayor reto
de su vida al convertirse en paciente, con graves problemas cardíacos y a la
espera de un corazón. Esta experiencia como enfermo le dio una nueva
perspectiva de la existencia y le sirvió para confirmar su fe absoluta
en el quehacer de los profesionales de la medicina.


CUANDO Antonio Gordón (Madrid 1940) llegó a Córdoba en 1978, procedente del Hospital Universitario Virgen Macarena de Sevilla, no podía imaginar que su vida personal y profesional estaría tan ligada al Hospital Universitario Reina Sofía, al que vino con la ilusión de contribuir en su desarrollo, y lo consiguió como médico y como paciente.

La enfermedad le llegó a los cincuenta años, de pronto, sin avisar y en el ejercicio de su profesión. Ocurrió en marzo de 1990, estando de guardia y, al terminar de operar una vesícula de urgencia por la tarde y sin ningún antecedente previo, sintió un fuerte dolor y supuso que podía ser importante, por lo que avisó al cardiólogo de guardia; lo subieron a la consulta de cardiología y llegaron a un diagnóstico: había sufrido un infarto agudo de miocardio.

Gordón recuerda lo rápido que sucedió todo: "Pasé a la UCI, me completaron el estudio y en pocos días, me dijeron que era bastante grave y que no quedaba más remedio que operarme y hacerme varios bypass coronarios". A los pocos días de esta intervención, sufrió un nuevo infarto en la UCI, entró en coma y le conectaron a un respirador. A partir de ahí, "sé lo que me contaron", que estuvo en coma varios días hasta que llegaron a la conclusión de que la única solución era hacer un trasplante cardíaco. Entró en código cero y "me tocó la lotería", como él mismo afirma. "Apareció un donante compatible, un corazón joven que había sufrido un accidente de tráfico". Se le practicó el trasplante y desde el principio fue muy bien, estuvo varios días en la UCI y luego, continuó su recuperación en casa hasta que se reincorporó al trabajo sólo unos meses más tarde.

Tras serle practicado el trasplante cardíaco, ¿cambió su idea de la medicina?
Mi idea en cuanto a la medicina y a los trasplantes no cambió en absoluto, yo conocía y estaba abierto a todo lo que se estaba haciendo entonces, en el año 1990, en esta materia. Aunque la realidad es que tampoco tuve tiempo de enterarme, no tuve opción. La medicina que se realiza en el Reina Sofía es de primer nivel, pero no cabe duda de que sí se producen cambios, pero en el aspecto personal. A partir de un acontecimiento como éste, uno se plantea muchas cosas, su manera de vivir, de actuar, nos damos cuenta de que no todo consiste en trabajar sino que hay otras muchas más cosas que merecen la pena, aunque no hay que dejar de trabajar. No he cambiado mi forma de desarrollar la profesión: me fascina el humanismo que debe tener la medicina, trato a los enfermos igual que antes del infarto, con el mayor respeto y cariño, e intento curarlos por todos los medios y, si no es posible, contribuir a que tengan la mejor calidad de vida.

¿Cómo se enfrentó a la vida, a su nueva vida, tras el trasplante?
Con una total normalidad. Estuve de baja sólo unos meses, ya que recibí el trasplante en abril y me incorporé en diciembre al trabajo en el hospital, y no volví antes porque me dijeron que si lo hacía, sería con todas las consecuencias, es decir, realizando guardias y eso no podía hacerlo, no podía estar 24 horas seguidas en el trabajo, ni por mí ni por los pacientes. Desde entonces, no he vuelto a darme de baja más. Antes del trasplante, no tuve miedo, sí preocupación, siempre pensé que todo iba a ir bien y, tras el segundo infarto, no tuve tiempo de sentir miedo, ni después del trasplante tampoco. Lo acepté todo muy bien, incluso los pesados controles postoperatorios.

Este cirujano lleno de actividad y de amor por la medicina, de carácter amable y que imprime seguridad, creó la Sociedad Andaluza de Trasplantados de Corazón y ha vivido intensamente su vida profesional antes y después del trasplante. El suyo fue uno de los primeros de corazón en el Hospital Reina Sofía. Nombra con inmenso cariño al doctor Montero, que practicó la extracción del órgano y también se encargó de "ponerme mi nuevo corazón", algo poco habitual en aquel momento. Como resalta Gordón, "lo curioso fue que el mismo equipo que hizo la extracción realizó el implante". Fue el primer trasplante del doctor Montero, actualmente jefe de servicio de Cirugía Cardíaca del Hospital Universitario La Fe de Valencia, con el que Antonio Gordón sigue manteniendo contacto, y "al que le debo la vida y a quien tengo un agradecimiento enorme".

Transcurridos 19 años desde que se le practicara el trasplante, hace su vida normal, con "la única precaución de no estar en sitios con mucha gente, con mucho humo y contaminación y cambios bruscos de temperatura, pero igual que cualquier persona. Tomo inmunosupresores y hasta ahora no me he infectado, sigo operando y nunca quise dejar de dedicarme a esta profesión que me encanta".

Se da la circunstancia de que la vida de Antonio Gordón está unida al hospital Reina Sofía desde distintos ámbitos, como paciente trasplantado, como cirujano y como gestor del centro. Su inquietud por aprender y ayudar a los demás lo trajo a Córdoba para contribuir en el impulso al Hospital Reina Sofía, que "tenía tantas posibilidades y un futuro prometedor, como los años han demostrado", y lo llevó a continuar con su puesto de cirujano. Formó parte del Equipo de Dirección del hospital, tres años como subdirector médico y otros tres como director médico.

La enseñanza es otra de sus pasiones. Desde que terminó sus estudios de Medicina en Sevilla, ha estado ligado siempre a hospitales universitarios, primero al Clínico de Barcelona, luego al Virgen Macarena de Sevilla y, posteriormente, al Reina Sofía de Córdoba, donde es jefe de sección de Cirugía Digestiva, además de profesor titular de Cirugía en la Facultad de Medicina de Córdoba.

Antonio Gordón recuerda la suerte que tuvo cuando apareció un órgano compatible con él, aunque fue  "suerte para mí y desgracia para la familia del donante" e insiste en que "no se debe perder nunca la esperanza, pues casi siempre puede haber un resquicio y hueco para pensar que todo saldrá bien, sobre todo, teniendo plena confianza en el personal sanitario que, con toda seguridad, hará lo posible y más para salvarnos".

El hecho de que sea profesional de la sanidad y, a la vez, trasplantado, lo convierte en una persona especial, muy conocida en la ciudad, tanto por su labor profesional como por su labor docente, cuestiones siempre ligadas al hecho de que recibió un órgano hace 19 años. Transmite bondad, tranquilidad y una fe absoluta en la labor de los profesionales de la medicina, no muestra dudas y esa seguridad en su expresión y en sus ideas da muestra de la riqueza de la vida después de un trasplante. Tras sus reflexiones, sólo cabe pensar en la ilusión de la nueva oportunidad que empieza después de un trasplante y que hay que aprovechar con intensidad.



 
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