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Creo que soy más valiente

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“CREO QUE
SOY MÁS VALIENTE”
Por María José Álvarez

De vivir pegado a una botella de oxígeno a ser durante unos días estrella mediática.
Por todo esto y por mucho más pasó siendo sólo un niño el jiennense Rafael Cejudo
Aldarias. Fue el primer paciente infantil del país al que se le realizó un trasplante
combinado de hígado y pulmón. Casi seis años después, Rafael y su familia han
vuelto a la normalidad. No olvidan el calvario que, como dice el joven, les obligó
a hacerse más valientes que la mayoría de los mortales, ni tampoco aquellas
manos amigas que les devolvieron lo único que anhelaban: una vida corriente.

NO  hace falta que pronuncie una palabra porque sus ojos hablan por él. Son los tímidos ojos de un muchacho con un físico más longevo del que deberían  aparentar sus 19 años y, al mismo tiempo, cargados de la madurez de un adulto. Rafael Cejudo Aldarias, Rafa, recuerda perfectamente la noche en que una llamada de teléfono abrió un claro de luz en el infierno que vivían él y su familia desde que cumplió los tres meses de edad. Fue cuando comenzó a padecer los síntomas de la fibrosis quística. La enfermedad, de origen genético, le había destrozado los pulmones y el hígado y le obligaba a cargar con una bombona de oxígeno permanentemente. Tratamientos médicos y demasiadas estancias en el hospital no le habían evitado entrar en fase terminal. Después de ocho meses de espera para recibir un trasplante, a las cuatro de la madrugada del 29 de noviembre de 2003, sonó el móvil familiar. Él, sus padres y su hermana se habían acostado tarde viendo la tele, porque en Baeza (Jaén), su pueblo, se celebraban las fiestas de San Andrés. Cuando su madre, María Luisa, se levantó para atender el teléfono, había dejado de sonar. Diez segundos más tarde se repitió la llamada. En el fijo. A todos les dio un vuelco el corazón. Sabían de qué se trataba.

Rafael (padre) y María Luisa despertaron al niño, que entonces tenía 13 años. Recogieron la maleta, preparada desde hacía meses por si llegaba el milagro del trasplante, y se montaron en el coche. Cincuenta minutos después estaban en el Hospital Reina Sofía de Córdoba. "Antes no había puntos", bromea Rafael padre para explicar su premura en la carretera.
La operación duró 14 horas. En ella intervinieron más de 40 profesionales del centro cordobés. Era el segundo trasplante combinado de hígado y pulmón que se hacía en
España. El primero a un paciente infantil. "Cada vez que alguien salía de la puerta del quirófano nos daba un vuelco el corazón. Cuando comprobábamos que sólo traían y llevaban material, respirábamos", recuerda el progenitor, quien esperó pacientemente la compleja cirugía junto a su mujer, sus familiares directos y un matrimonio amigo que no dudó en desplazarse a Córdoba y acompañarlos. La intervención fue un éxito. Después vino una larga recuperación no exenta de sobresaltos. De ellos también salió el niño Rafael, que estuvo dormido prácticamente durante tres meses. "El día en que se despertó -dice el padre- no podía creer que hubiera pasado tanto tiempo, insistía en que le tomábamos el pelo".

Después de cuatro meses en la UCI y otro más en planta, Rafael Cejudo recibió el alta hospitalaria. La familia, sin embargo, tuvo que establecer su residencia en Córdoba, porque los médicos debían verle diariamente. En esta época y durante la estancia en el hospital fue fundamental la ayuda que le prestaron varias asociaciones cordobesas de trasplantados, Cáritas y Cruz Roja. En Baeza, la hermana mayor de Rafa se llevó la peor parte. "No le podíamos prestar la atención que se merecía, pero es la situación que nos tocó vivir a nosotros y a ella. Gracias a sus abuelos, estuvo muy bien atendida y recibió el cariño que desde la distancia no nos era posible darle", explica su padre.
Por poco que hurguen en el pasado, los Cejudo recuerdan a la perfección cada detalle de su enfermedad y de la intervención que devolvió a Rafa a la vida, pero en el día a día todo es mucho más normal. El joven se levanta temprano para ir al instituto. Ha perdido varios cursos, pero sigue adelante. Toma su medicación sin saltarse ni un
minuto, aunque para eso deba poner el despertador demasiado temprano. "No me importa, porque ya estoy acostumbrado", explica.

Por las tardes, hace las tareas, juega con el ordenador y ve por internet capítulos de sus series favoritas, como ‘El internado’ o ‘Los hombres de Paco’. Le gusta el cine de humor. "Para dramas, ya hemos tenido suficiente con lo nuestro", aclara su progenitor. En el seno familiar se han acabado los sobresaltos. Lo perciben, sobre todo, en el hecho de que sus preocupaciones cotidianas son ya las mismas que las de cualquier otra familia. Vivieron demasiado tiempo al límite. "Cuando pasas situaciones como la nuestra, te das cuenta de que lo más importante de esta vida es estar en ella. El carácter se torna más irascible, los momentos malos son muy malos y los dulces, muy dulces. Afortunadamente, el hombre es un animal de costumbres y nosotros podemos recordar aquello hoy tan a gusto, sentados en nuestra casa y charlando tranquilamente", matiza Rafael padre con la mirada y la sonrisa cómplices de su hijo. "Ahora nuestra rutina es absolutamente normal y cada vez pensamos menos en aquello", añade.

Pasan página a la operación, aunque no a las amistades que hicieron en Córdoba. Cuando Rafa va al hospital a su revisión periódica, no deja de recibir abrazos y apretones de mano. Allí lo conocen todos. Y lo quieren. "El trato del personal sanitario y no sanitario del Reina Sofía fue y sigue siendo inmejorable", apunta el padre. "El sistema de trasplantes es impecable, ya que casi ningún país del mundo puede afirmar que lo hace totalmente gratis, de forma anónima y con la mejor tecnología del momento", afirma.

La pasada primavera, la familia estuvo en Córdoba en un ‘perol’, con amigos de las asociaciones de trasplantados. Pertenecen a varias e incluso fueron fundadores de Proyecto Ilusión, en Baeza,
que atiende a familias de niños con cualquier tipo de discapacidad. En estas convivencias, todos salen reforzados al charlar con personas quehan pasado por situaciones similares. El joven Rafael recuerda con ilusión aquellos días de cámaras y entrevistas en los que se conoció públicamente el éxito de su intervención. Pero lo más importante para él es ser ahora un chico normal. Si se le pregunta cuál es la diferencia entre él y el resto de los adolescentes, no lo duda: "Creo que yo soy más valiente".


 
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