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“CÓRDOBA SE CONOCE
POR LA MEZQUITA Y POR SU HOSPITAL”
Por Montemayor Mora


Vio crecer el Hospital Universitario Reina Sofía desde la
Dirección Gerencia durante una década (1984-1994) caracterizada por la
apertura de nuevos programas de trasplantes -corazón, hígado, páncreas y pulmóny
el perfeccionamiento de las técnicas por parte de los distintos equipos.
Al recordar esta época, GABRIEL PÉREZ COBO no disimula su nostalgia y repasa
unos retazos de esta historia que también es la suya, en la que el hospital en su
conjunto jugó un papel protagonista en el desarrollo de las nuevas terapéuticas
que otorgaron universalidad a un centro de provincia.



QUEDAMOS   para hablar del hospital, de la etapa en la que fue gerente -desde 1984 a 1994-, de los recuerdos que conserva de los primeros trasplantes y, sobre todo, de los profesionales que fueron los padres de aquellas intervenciones pioneras que cambiaron el destino del Reina Sofía. Gabriel Pérez Cobo (Torredelcampo, Jaén, 1949) había dedicado algún tiempo a preparar la entrevista, se notaba, y la estrena con una comparación: "Un trasplante es como un concierto de orquesta. La melodía se consigue entre todos los músicos y para eso hace falta mucho entrenamiento individual y colectivo. La gente no se imaginaba la extrema organización que había en torno a los trasplantes. Alrededor de veinte servicios participaban en cada uno de ellos".

Explica que su papel como gerente era el de armonizar los distintos programas en el hospital, con la ayuda del Equipo de Dirección del centro. La maquinaría se ponía en marcha desde el momento en que se detectaba un posible donante y era muy importante tener una actuación pensada, planificada y orientada a la consecución de los órganos. "Recuerdo a Rafael Guerrero -coordinador de trasplantes de aquellos años- cuando a las tres de la mañana se sentaba a explicar a la familia la evolución de un presunto donante, porque sabía que si no lo hacía así, sería difícil conseguir la autorización".

Este trabajo de mentalización previa no se ve, "está entre bambalinas; hay mucha más gente detrás -los protagonistas transparentes- que delante -los protagonistas opacos-, como en la Ópera de Viena". Pérez Cobo repasa muchos de los aspectos que no trascendían, pero que eran necesarios o contribuían a que todo fuese mejor, como por ejemplo, la esterilización del Diario Córdoba para que los pacientes trasplantados lo pudiesen leer en su cámara de aislamiento.

El reconocimiento en el ámbito científico y social no tardó en llegar. Gracias a los trasplantes y al Reina Sofía, Córdoba sonaba en el resto del país y un sentimiento de orgullo fue alimentando a los profesionales; lo vivían como algo suyo, se podía palpar en todos los estamentos. "Muchos servicios tuvieron que dar el salto para responder a lo que se había generado con los programas de trasplantes.
 
Éstos eran fundamentalmente dos cosas: la expresión de las mejores capacidades de los mejores profesionales y también un motor para el hospital". Este intensivista asegura que el efecto principal que trajeron los trasplantes fue generar "el orgullo de pertenencia al Reina Sofía".

El prestigio trascendió y en 1990, "el Reina Sofía fue nombrado Mejor Hospital del Año, a pesar de que también eran candidatos el Hospital Clínic de Barcelona y Juan Canalejo de A Coruña". Tres años más tarde, de manos del Ayuntamiento de Córdoba, el complejo sanitario recibió la Medalla de Oro de la ciudad por los logros de sus profesionales, un reconocimiento que "probablemente sea mi mayor satisfacción laboral. Llevo 25 años en la gestión de centros sanitarios, he estado en muchos sitios y no conozco ninguna ciudad que tenga la vinculación de Córdoba con su hospital. Se conoce en muchos sitios por la Mezquita y por el Reina Sofía, cosa que no pasa en otras ciudades".

¿Qué función tenía la investigación sobre trasplantes hace quince o veinte años?

No era un camino fácil, pero se hacía y este sustrato permitía que figuras de primera línea como Manuel Concha o Sebastián Rufián entrenasen durante horas en el quirófano experimental o que Ángel Salvatierra y Rafael Guerrero desarrollasen nuevos líquidos para la conservación del pulmón. Sin duda, fue un soporte que permitió el desarrollo de habilidades técnicas. El laboratorio de investigación del hospital era de los más avanzados de Andalucía.

Como máximo responsable, ¿cuál fue su principal aportación en este campo?
Mi papel como gerente fue crear espacios que permitiesen a los profesionales desarrollar sus mejores cualidades y guardar, a la vez, un cierto equilibrio con las capacidades generales de la institución. Con la investigación en materia de trasplantes, traté de hacer posible que el espíritu innovador de los profesionales encontrase un
marco en el que desarrollarse. Recuerdo que, para poder realizar algunos trabajos de investigación, nos costaba más de 3.000 de las antiguas pesetas dar de comer a cada uno de los animales del laboratorio. Hubiese sido más barato llevarles al Caballo Rojo -uno de los restaurantes más exquisitos de Córdoba-. La aportación económica de CajaSur, a través de la Fundación Hospital Reina Sofía CajaSur, ayudó al desarrollo de la investigación en este campo y en muchos otros.

Y así fue como la mezcla de experiencia, investigación y clínica contribuyó a crear la sinergia que cada uno de los programas de trasplantes necesitaba. Nada quedaba a la suerte de la improvisación. Gabriel Pérez Cobo fue testigo VIP del crecimiento de este hospital desde las primeras filas de butacas. Estaba cerca del escenario y eso le permitió interactuar con los músicos hasta conseguir que la melodía fuese perfecta

Antes y después de la cirugía


Para Pérez Cobo, el acto quirúrgico es el momento más mediático, pero también el menos dilatado de todo el proceso de donación y trasplante. "Había que preparar al enfermo antes de la intervención y luego conseguir que no se muriese en una época en la que no existían los medicamentos que tenemos hoy día". El médico destaca el trabajo de personas que se desvivían por que cada trasplante fuese un éxito. No olvida a Mª Francisca, enfermera ya jubilada, que era el alma máter del laboratorio de investigación y al nefrólogo e investigador Mariano Rodríguez, a quien se trajo desde Estados Unidos.

También vuelven a su memoria los cardiólogos José Suárez de Lezo y José María Arizón, el intensivista Rafael Guerrero, el pediatra Juan Luis Pérez Navero, los cirujanos cardiovasculares Anastasio Montero y Manuel Concha, el cirujano torácico Ángel Salvatierra, el ex gerente y jefe de servicio de Digestivo, ya fallecido, Gonzalo Miño, el cirujano Carlos Pera, las enfermeras de la UCI que cuidaban a los pacientes y la farmacéutica Mª Dolores Aumente, que se dedicó a investigar y aplicar la ciclosporina, medicación inmunosupresora que necesitan las personas trasplantadas para evitar el rechazo del nuevo órgano o tejido. Además, los directores médicos y de enfermería que trabajaron con él (los médicos Nicolás Rodríguez y Ángel de Vicente y el enfermero José Galván, entre otros) también contribuyeron, con su esfuerzo, a hacer realidad el sueño de los trasplantes.



 
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