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Cine y trasplantes

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CINE Y TRASPLANTES
Por Sergio Cobo-Durán



Aunque pudiera parecer lo contrario, la donación y los trasplantes
han sido un tema tan presente en el cine que no entiende de épocas,
ni tampoco de escuelas o fronteras. Antes incluso de que fuera una realidad médica,
esta práctica ya aparecía reflejada en cintas de género fantástico y ciencia ficción,
como ‘Frankenstein’, ‘El hombre del cerebro trasplantado’, ‘Blade Runner’ o
‘Eduardo Manostijeras’. Ahora, con una actividad trasplantadora habitual,
las películas abordan, desde un claro interés social, problemas tan comunes como
la decisión de donar o la angustia de esperar un órgano -‘Un cuento de Navidad’,
‘El corazón de Jenin’, ‘París’, ‘Siete almas’ o ‘John Q’-. El cine, más que nunca,
demuestra así su poder socializador en la construcción de valores.


EL cine, desde sus inicios, ha flirteado con la posibilidad de capturar la realidad; de hecho, el cine documental es el primero en emerger gracias al trabajo de los hermanos Lumière. Nace la narrativa cinematográfica y con ella, la ficción. En las obras de Griffith o Guy-Blaché se aprecia cómo la fábrica de los sueños está más preocupada por la verosimilitud que por la autenticidad de los hechos. La enfermedad irrumpe como una parte más de la realidad cuando y donde menos se la espera, recordando lo imperfecto del ser humano. Aparece, como consecuencia, representada en el cine. Asimismo, en la actualidad cuenta con enorme aceptación pública, lo que explica los últimos  éxitos médicos en taquilla. El debate clínico acerca del uso de la eutanasia en Mar Adentro le dio a Alejandro Amenábar la posibilidad de ganar un Oscar, el aborto centró Vera Drake, de Mike Leigh o la polémica -más ideológica que médica- que suscitó la última obra de Javier Fesser, Camino.

Un hecho constatado es la relación entre cine y medicina y, en concreto, con la
donación de órganos. Se puede afirmar que cine y trasplantes aparecen unidos en  cualquier época o movimiento cinematográfico, ya sea de forma metafórica, como la propuesta de Dogma 95, Corazones abiertos, de la realizadora danesa Susanne Bier; de forma explícita, como en la película china In Love we Trust, donde la trama gira alrededor de la necesidad del trasplante de un niño; o de forma satírica como en la neorrealista El fiel servidor, de Ugo Tognazzi. Es un argumento tan presente en cine que no entiende ni de épocas, escuelas o fronteras.

Antes de que clínicamente fuera una realidad, el cine, al igual que la literatura, ya soñaba con la posibilidad de la existencia de los trasplantes. Al comienzo, apareció unida a la ciencia ficción y al cine fantástico, donde quirófanos y trasplantes eran creados de las adaptaciones literarias más oscuras de Poe o Lovecraft. Casos como Frankestein, de Mary Shelley, o El hombre del cerebro trasplantado ilustran a la perfección esta corriente.

No obstante, esa imagen onírica se ha ido desarrollando y acercándose a las vanguardias y movimientos ‘ciberpunk’ como la surrealista Repo! The genetic Opera, que combina narrativa gráfica, ópera y punk. Es un relato fantástico acerca de la posibilidad de crear órganos humanos de manera artificial. ¿Es ficción o quizás sea una realidad no demasiado lejana? Sin duda, existe una posibilidad con la que tanto realizadores como médicos sueñan a corto o medio plazo y donde un punto importante es el trabajo con células madre.

Pese a todo, la relación entre trasplantes y ciencia ficción aparece tanto en los replicantes del clásico Blade Runner, como en los ojos de Tom Cruise en Minority Report o en el simbólico corazón de galleta de Eduardo Manostijeras.

Por otro lado, el interés social del cine se antepone al carácter futurista o visionario, es decir, interesa más su poder de captación del devenir humano que su capacidad de preverlo. La realidad médica existe y como tal, ha encontrado su lugar en la filmografía de numerosos realizadores. Éstos reflexionan acerca de las reacciones y relaciones humanas ante este tipo de situaciones, ya no desde una visión ilusoria y apócrifa, como en el caso de la ciencia ficción, sino a través de un enfoque marcado por lo real y sin renunciar a su utilidad social. Un ejemplo magistral aparece en la película francesa Un cuento de Navidad, heredera directa de la Nouvelle Vague y que construye un relato alrededor del paciente que espera encontrar un trasplante de médula ósea. Las listas de espera funcionan como protagonista encubierto durante toda la obra; asimismo, la figura de los familiares es primordial en el desarrollo narrativo de la película.
Desplechin, su director, disecciona sin anestesia la realidad que envuelve tanto al paciente como a sus seres más cercanos, y muestra no sólo la posibilidad, sino la necesidad de olvidar las diferencias tanto personales, culturales, ideológicas o de cualquier índole. Es la soberbia lección de humanidad que da el padre de Ahmed la que motiva a Geller a filmar el documental titulado El corazón de Jenin. Es, sin lugar a dudas, el mejor ejemplo para mostrar la cara más social que une cine y trasplantes. Un niño palestino,

Ahmed, muere bajo fuego israelí y su padre, en lugar de buscar la venganza, decide donar los órganos de su hijo sin importarle las diferencias. Su rapidez permite salvar la vida a seis niños inocentes –¡qué niño no lo es!–, tal y como lo era su propio hijo salvando también la vida de una niña israelí, gracias a un trasplante de riñón. Una película concienciada por mostrar la cara más humana del mundo de la donación, donde lo único que en realidad importa es la posibilidad de contribuir a salvar una vida. Es un auténtico ejercicio de responsabilidad social que demuestra el verdadero poder del cine como elemento socializador en la construcción de valores. Es significativo que sea narrado a través de un documental, lo que valida el aforismo "la realidad supera a la ficción" y confirma que, por encima de las diferencias, es posible una unidad a través de la vida, gracias a las donaciones y representada en el cine. Su valor artístico y cultural permite reconocer la dualidad que acompaña a la muerte, es el fin, pero a la vez, el principio; un prólogo justo después del epílogo, que recuerda la posibilidad de contribuir a salvar otras vidas.

La donación de órganos en cine se puede definir como una película con tres grandes protagonistas: el enfermo, el donante y los familiares que los rodean. El paciente que espera una donación es el protagonista clásico de las primeras y principales películas que han abordado el tema de los trasplantes; una de las más significativas es París, de Klapisch, donde un joven bailarín espera recibir un trasplante cardíaco compatible, o la taquillera 21 Gramos, en ella Sean Penn necesita con urgencia un corazón nuevo. Un paciente, ya convertido en mito cinematográfico, es Máximo Troisi, quien fue actor principal de El cartero y Pablo Neruda y que falleció esperando un trasplante de corazón sólo cuatro días después de concluir el rodaje de la película. Hablando de personalidades en cine y donación, hay que hacerlo de un nombre propio en la cinematografía española, Pilar Miró. La que fue Directora General de Cinematografía Española además de directora de la Radio y la Televisión Pública Española, fue intervenida quirúrgicamente de corazón e incluyó este hecho de manera autobiográfica en su obra Gary Cooper, que estás en los cielos.

Los donantes de órganos son intérpretes que actúan en un papel protagonista y que gracias a su solidaridad permiten a otras personas seguir viviendo. Un ejemplo es la figura de Ahmed, el niño donante y protagonista del documental titulado El corazón de Jenin. También existen películas de ficción donde estos personajes tienen reservado su lugar; en Hechizo del corazón se recurre a la comedia romántica para mostrar de forma somera la figura del donante que permite salvar la vida de otra chica. Es en el cine español, más en concreto en Lo mejor de mí,  donde aparece retratado de forma más precisa, compartiendo guión también con el amor. Aunque, en este caso, con personajes más trabajados que demuestran la indeterminación y las dudas de los donantes y que refleja a la perfección la posibilidad real de salvar vidas humanas.
 
Tanto familiares como seres queridos merecen un papel protagonista en este reparto. De hecho, no sólo son clave en la espera de los afectados, sino también en la necesidad de concienciar sobre la importancia de donar órganos. En Siete almas, Will Smith no descansará en su decidida búsqueda de donantes de médula ósea para salvar a un niño. De igual modo, Denzel Washington conduce el desarrollo narrativo de John Q con la motivación de encontrar un corazón compatible con el de su hijo para poder realizarle un trasplante cardíaco.

Son muchas las películas que unen cine y trasplantes, arte y donación, no hay nada más personal y sensible que la obra de un artista, así, no hay nada más humano que una donación, entendida ésta como un regalo y acaso, ¿existe presente más sincero y auténtico que regalar vida?

Las películas citadas podían haber sido otras, como Corazón, un thriller acerca de una intervención quirúrgica, Despierto, que se desarrolla en una sala de operaciones mientras se realiza una cirugía, A corazón abierto, un homenaje al primer trasplante de corazón  realizado, o Donante desconocido, que es una reflexión acerca de la identidad de los donantes. Estos ejemplos han servido para demostrar cómo el cine es un medio artístico consciente del importante avance médico que ha posibilitado realizar trasplantes.

Ya, como epílogo, es necesario mencionar el cine más experimental, donde los realizadores dan sus primeros pasos y se forman como directores: el mundo del cortometraje. Por siempre aborda, a través de los ojos de un niño, la donación de órganos de manera cercana y directa, En el lado de la vida es una obra patrocinada por la Organización Nacional de Trasplantes (ONT) o Todos somos Adrián, una interesante propuesta del realizador Fernando Jover que ha sido popular por abordar el trasplante de corazón y la inmigración. No hay que olvidar la reciente iniciativa del Festival Internacional de Animación de Córdoba (ANIMACOR), que ha producido un corto sobre trasplantes financiado por la Diputación de Córdoba y realizado por Pequeños Dibujos Animados (PDA). Fue grabado en el Reina Sofía y los protagonistas son niños trasplantados de médula ósea.

Son muchas las iniciativas cinematográficas que unen arte y vida, donación y cine, lo que hace valorar la importancia de la concienciación ciudadana y donde lo esencial es la posibilidad de salvar una vida cuando la nuestra acaba. Por lo que sobran las palabras, pero no los motivos, ya que la oportunidad de hacer felices a niños y familias está en nuestras manos, ¿qué mejor forma para un final feliz?



 
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