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Ahora que por fin respiro

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AHORA QUE POR FIN RESPIRO


Siendo solo un niño, a Pablo José García López le diagnosticaron fibrosis quística, una grave enfermedad genética que ha sufrido 22 años hasta que un trasplante le ha devuelto el aliento.
Pablo García puede ahora respirar sin la mochila de oxígeno.
Subir escaleras y que tus pulmones se llenen de aire, respirar, ésa es la sensación más bella que he tenido en toda mi vida".
Pablo vino al mundo hace 22 años en La Zubia, Granada. A los tres días de nacer, tuvo que enfrentarse a una grave infección pulmonar que le provocó desnutrición severa y acabó afectando a su intestino.
Hasta que cumplió los tres años, no supo que el origen de aquel mal era una grave enfermedad pulmonar llamada fibrosis quística que también afectaba al páncreas y otros órganos. Sus padres supieron ese día que la dolencia del pequeño se debía a un gen que ambos portaban y que hacía altamente probable que cualquier hijo de ambos la desarrollara, así que Inma y Antonio decidieron no tener más descendencia.
Recuerdo el día que conocí a Pablo. Fue en el mes de agosto, después de una revisión en el hospital Reina Sofía, donde el equipo de nefrología lo trataba desde hacía varios años, a la espera de un trasplante. Tenía la tez blanca como la leche y respiraba gracias a una maletita de oxígeno que transportaba sobre unas ruedas. A pesar de su delgadez y de su aspecto cansado, la mirada era diáfana y guerrillera. Tenía evidentes dificultades para respirar, pero una confianza absoluta en que la solución estaba próxima. "Llevo toda la vida con problemas de salud, he pasado mucho tiempo ingresado en hospitales, siempre delicado y tomando muchas medicinas, así que no me da miedo pasar por un trasplante, merece la pena el riesgo", decía Pablo seguro.
A lo largo de su vida, tuvo varias crisis. La primera a los 13 años y la segunda y más severa a los 18, a partir de la cual empezó a empeorar. "Ahora, todo lo que sea salir de casa tiene que ser con la bombona", explicaba, "con esta enfermedad hay muchos días en los que te cuesta levantarte, pero yo me resisto a quedarme en casa, si me tengo que morir, prefiero que pase en la calle". Cuando decía estas cosas, su madre, que ha vivido la enfermedad casi como en carne propia, tragaba saliva sin decir nada. Buen estudiante, optimista, dinámico y casi que hiperactivo, Pablo tenía muchos planes de futuro. "Quiero irme de Andalucía, hacer un master fuera y aprender inglés y alemán". En agosto pasado, Pablo llevaba más de un año en lista de espera. "No es fácil dar con el donante adecuado, los pulmones tienen que ser de alguien cien por cien compatible". Desde que se decidió por el trasplante, ya había tenido un aviso fallido. "Mi grupo sanguíneo es poco común, así que es más difícil encontrar a la persona idónea, pero hay que tener fe". Y no era el único que tenía fe. Según su madre, "un convento entero, en el que yo trabajo, está rezando por él".
Al final, toda esa fe movió la montaña y Pablo recibió la llamada que estaba esperando. Solo tuvo que esperar dos meses. "Me llamaron en octubre, al mediodía, para entonces yo ya estaba muy mal y no sé si estaría vivo ahora de no ser por el trasplante", afirma sincero. Tranquilo, "más tranquilo que la primera vez porque tenía un pálpito de que esta vez tenía que ser", comenta, "llamé a mi madre, que estaba trabajando, y empecé a preparar las cosas". Esa misma noche, Pablo entraba en el quirófano de Reina Sofía. "La operación duró toda la noche", recuerda Inmaculada, a la que le faltan palabras para agradecer la donación y el trabajo realizado por el equipo médico, enfermeras y personal de la UCI del hospital". A su lado, Pablo apostilla: "En 22 años, he visto muchos médicos, pero jamás he encontrado la calidad profesional y humana que he visto aquí, ya son como de mi familia".


Pablo José García López
Trasplantado de Pulmón en Diciembre 2011



 
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