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06/02/1979
EL INICIO
Por Daniel Blanco


Porque todos los caminos -ya sean pedregosos o floridos, largos o sin recorrido,
fáciles o en pendiente- comienzan con un paso, el Hospital Reina Sofía echa
la vista atrás y recuerda el día que inauguró una trayectoria que entonces parecía
incierta y que aún hoy, lo sigue cubriendo de gloria. Era el 6 de febrero de 1979 y
MIGUEL BERNI, un joven con un problema renal muy grave, recibía un riñón
de donante cadáver. El trasplante fracasó -el paciente sufrió un rechazo hiperagudo
que obligó a retirarle el órgano 48 horas después de la operación-, pero el primer
paso ya estaba dado. Empezaba así un nuevo capítulo para el hospital cordobés,
también para la medicina española. Se abrían horizontes abrumadores y posibilidades
reales, había ganas de seguir intentándolo y sobre todo, de hacer historia.
Fue el inicio de los trasplantes en Córdoba, el germen del ‘espíritu Reina Sofía’,
que era la encarnación de la entrega, la preparación y el entusiasmo.



EL punto de partida tiene fecha: 6 de febrero de 1979. Habían pasado sólo tres años desde la inauguración del Hospital Reina Sofía y el equipo médico ya había conseguido la autorización para realizar trasplantes renales, no sin antes superar una ardua travesía de incontables ensayos, de obstáculos superados y de largas  conversaciones con la Administración. "Menos mal que éramos jóvenes y teníamos fuerzas para tirar para adelante con lo que fuera -coinciden todos los profesionales que vivieron aquella época-. Otra cosa no, pero ilusión nos sobraba". Y también entrega y dedicación y afán de superación. Ellos encarnaron el ‘espíritu Reina Sofía’, hoy heredado por las nuevas generaciones. Vencidos los escollos y convencidos de que la constancia y el esfuerzo traen siempre gratificantes recompensas, aquel equipo practicó el primer trasplante de Córdoba. Un hito. Una hazaña. Una fecha inolvidable. Era invierno -noche cerrada- y casi llovía. Miguel Berni, un joven de 32 años, aquejado de una malformación en los riñones, entraba en quirófano para que le implantaran un nuevo órgano.


Todo estaba preparado: los facultativos, el quirófano, el riñón, el paciente y el beneplácito de las autoridades. Miguel Berni fue  trasplantado y la intervención discurrió con normalidad. Los médicos respiraron, pero no del todo. Aún quedaba lo más difícil, el postoperatorio y, sobre todo, la aceptación del órgano nuevo, en una época en la que los fármacos para reducir el rechazo estaban en fase experimental. En los pasillos del hospital, unos a otros se preguntaban por la evolución del enfermo. Era el paciente de toda la plantilla, de todos los trabajadores del Reina Sofía y quizás, de todos los cordobeses, si hubiesen sabido lo que se estaba cociendo en uno de los quirófanos de su hospital. A los dos días -el 8 de febrero-, ya había diagnóstico claro y tristeza colectiva: Miguel Berni había sufrido un rechazo hiperagudo que obligó a los médicos a retirarle el nuevo riñón. Volvía así a hemodiálisis. Su vida y su cuerpo volvían a depender de una máquina.

Era un fracaso, pero un fracaso relativo. La maquinaria de los trasplantes había echado a andar y nadie estaba dispuesto a dejarla parar. Los médicos le propusieron al enfermo la posibilidad de un segundo trasplante, pero Miguel Berni se negó. Decidió que su lucha ya no estaba en los quirófanos ni con los fármacos inmunosupresores, sino en la sociedad, entre la gente y con el único objetivo de trabajar por la concienciación y para conseguir donantes. Carmen Berni, su hermana, revive estos momentos y se levanta la manga de la camisa: "Mira, han

pasado treinta años y aún se me ponen los vellos de punta". El trasplante de Miguel revolucionó su vida y la de sus seis hermanos. Lo trastocó todo. Lo cambió todo, como un huracán que no deja nada en su sitio. "Le debemos mucho a Miguel, mi familia y toda la sociedad cordobesa. Él fue el primero en trasplantarse, el referente para mucha gente, el valiente. Yo no sólo admiro su coraje y su entereza, sino el compromiso que adquirió con todos los que necesitaban un órgano para vivir". A Carmen le tiembla la voz y le brillan los ojos. Habla con tanta solemnidad que queda claro que su hermano no merece otra categoría que no sea la de héroe. Y es que el trasplante de riñón al que se sometió era la última esperanza para librarse de una enfermedad que lo había condenado a un penoso vía crucis que incluyó 23 operaciones quirúrgicas y que había comenzado casi una década antes -con veintipocos años-, cuando un fuerte dolor en el costado dejó al descubierto el terrible diagnóstico: los riñones no se le habían desarrollado, "eran como dos habichuelas", rememora la hermana. Carmen pone en pie aquel 7 de febrero, cuando la familia al completo se pegó a la pared de cristal para ver a Miguel Berni recién salido del quirófano. Habían pasado 13 horas. A su familia le pareció verlo sonreír porque "siempre sonreía". "Él nunca se comportó como un enfermo, tampoco se quejaba. ¿Te puedes creer que era él quien nos daba consuelo a nosotros? Así era Miguel", explica la hermana.


La alegría inicial se esfumó. Duró poco. Unas horas después del trasplante, Miguel Berni se retorcía de dolor en la cama y confiesa su hermana que decía entre dientes: "Quitadme esto, quitadme esto".Los médicos confirmaron lo que el paciente ya intuía: el organismo no reconocía el órgano y se había producido un rechazo fulminante, de ésos que dan la cara justo después de la intervención. La solución no era otra que retirarle el órgano. De la euforia a la decepción. De la esperanza al sufrimiento. Del riñón nuevo a la máquina de hemodiálisis. "Todo volvía a ser como antes y nosotros sentíamos impotencia ante lo mal que él lo pasaba", dice Carmen. "El desconsuelo no era sólo de la familia, también de los médicos. Fuimos muy autocríticos con nosotros mismos, pero teníamos claro que el trasplante era un camino que no podíamos abandonar", señala Ernesto Moreno Heredia, uno de los participantes en aquella intervención y el jefe de servicio de Nefrología en esos momentos.

"Lo que me hagáis a mí, quedará para otros"


A Miguel Berni le fue extraído el riñón ajeno y el paciente afrontó su nueva realidad. Se conformó y también se consoló. No sentía su cuerpo preparado para nuevos intentos y decidió pasarle el testigo a otro. "Que el órgano que venga sea para alguien que lo pueda aprovechar mejor", le dijo Miguel Berni a los médicos, entre los que estaban Manuel Concha, Carlos Pera Madrazo, Ernesto Moreno Heredia, Pedro Aljama y José Molina. Carmen reflexiona sobre la actitud de su hermano ante aquel rechazo súbito del trasplante. "Lo vivió quizás como un fracaso propio, pero como un logro colectivo. Nunca se me olvidará una frase que le dijo a uno de los cirujanos, no recuerdo a quién: Todo esto sirve porque lo que me hagáis a mí, quedará para otros". Y con esas palabras, que repetía una y otra vez, anunciaba su compromiso vital con los trasplantes. Ése fue su caballo de batalla, su vocación durante el resto de su vida. Desde su cargo de presidente de ALCER Córdoba, que había fundado varios años antes, trabajó por la concienciación de una sociedad que vivía ajena a los trasplantes y llena de falsos prejuicios sobre la donación de órganos. Miguel Berni

fue el primero en recibir un riñón en el Hospital Reina Sofía y también pionero en el trabajo de calle, imprescindible para fomentar de la donación: colocaba mesas informativas, organizaba charlas y atendía a los enfermos, explicaba qué era la muerte cerebral y consolaba a las familias en listas de espera. "Ésa era su vida: ayudar a los que no sabían cómo afrontar un trasplante. Ésa fue su lección de humanidad para todos los que le conocimos", concluye Carmen.
Miguel Berni murió ocho años después de aquel 6 de febrero de 1979 en el que le trasplantaron el riñón. Tenía 41 años. Su nombre quedó para siempre unido a los avances médicos del Reina Sofía. La suya fue la primera de muchas historias sobre trasplantes -más de 4.800 en treinta años-. Algunas son esperanzadoras y otras, con finales menos felices, pero todas han contribuido al desarrollo de este hospital y todas tienen un denominador común: cada una de ellas es una historia de generosidad, la de los donantes que entregaron sus órganos para alargar la vida ajena.

ASÍ LO VIVIERON…



JOSÉ MOLINA SÁNCHEZ -Urólogo que participó como resident e en el primer trasplante-
"Había un convencimiento absoluto en el proyecto"
"Fueron 24 horas convulsivas. Realizamos ese primer trasplante cuando, para muchos, aún era una quimera. No me cabe ninguna duda de que aquello fue un gran triunfo y no por la reacción del paciente, que rechazó el órgano, sino por el logro en sí. Aquella intervención era el resultado de una lucha que habíamos emprendido los profesionales del Reina Sofía y era también la recompensa por nuestra perseverancia. Todos arrimamos el hombro durante los años previos a ese primer trasplante porque eran muchos los frentes donde había que actuar: tuvimos que convencer a los jueces de que una persona en muerte cerebral estaba fallecida y de que, por lo tanto, sus órganos podían salvar otras vidas, tuvimos que convencer a la sociedad de la importancia de la donación y también a las autoridades para que creyeran en los avances de la medicina. Aquello fue la prueba de que, cuando hay confianza absoluta en un proyecto -y en el tema de los trasplantes, sin duda, la había-, los resultados, aunque sean a largo plazo, son magníficos. Creo que lo más complicado fue montar la infraestructura. Fue un gran día para todos y si tengo que resumirlo en una palabra: convulsión. Sí, convulsión".


ERNESTO MORENO HEREDIA -Participó en el primer trasplante y fue jefe de servicio de Nefrología-
"No se me olvidan la euforia contagiosa del paciente y la entrega de los compañeros"
"Es curioso, pero la mayoría de los trasplantes se hace de noche. Aquél, también. Empezó por la tarde y duró hasta el amanecer del día 7 de febrero. Fueron trece horas de intervención que concluyeron con nuestro primer órgano trasplantado. De aquel momento, guardo muchas imágenes que me impactaron. Recuerdo, por ejemplo, al paciente, a Miguel Berni, que estaba contentísimo y con una euforia contagiosa. Recuerdo también que asistieron muchos de los compañeros, porque nadie quería perderse este acontecimiento. Era imposible no sentir el aliento de todo el equipo en aquel momento en el que estaba a punto de comenzar el primer trasplante de riñón del Reina Sofía. Fue un fracaso renal, pero ahora tenemos claro que fue la llave que nos permitió llegar a la situación actual. Después del primer trasplante, fuimos muy críticos con nosotros mismos, pero sentíamos que debíamos seguir por aquel camino. El rechazo sigue siendo, a día de hoy, un obstáculo, una barrera que hay que sortear. Pues, imagínese hace treinta años, cuando no existían los fármacos inmunosupresores de los que disponemos ahora. A pesar de todo, aquel trasplante nos permitió ponernos a la altura de otras grandes ciudades españolas y del mundo, donde ya se realizaban este tipo de operaciones. Cuando yo me incorporé al Hospital Reina Sofía, en 1975, tenía dos prioridades: montar el servicio e Nefrología y después, impulsar lo trasplantes. Así fue y no resultó fácil, pero el esfuerzo tiene su recompensa. Siempre".


PEDRO ALJAMA GARCÍA -Actual jefe de servicio de Nefrología-
" Fue el inicio de una trayectoria brillante, pero también la culminación de algo: todas las labores de investigación, preparación y burocracia necesarias para hacer un trasplante"
"No sé por qué, pero recuerdo el frío que hacía aquella noche. Ese 6 de febrero de 1979 nos pusimos en el escaparate. Empezó el programa de trasplantes en el Hospital Reina Sofía de cara a la sociedad, pero es justo aclarar que la preparación venía de mucho antes. La intervención a Miguel Berni fue el inicio de una trayectoria brillante y también la conclusión de algo: las labores de investigación, preparación y burocracia necesarias para efectuar esta operación. Fue todo muy estimulante porque no sólo se volcó el personal sanitario, sino que la sociedad -en cuanto se enteró- quedó fascinada, nos ofreció su apoyo y no ha dejado de respaldarnos ni un solo momento. Sentir el calor de los cordobeses y de los propios compañeros hace las cosas más fáciles y quizás, más exitosas. Indudablemente, la intervención a Miguel Berni fue uno de esos hitos que no se olvidan -y que, posiblemente, no se olvidarán-, pero yo también recuerdo un trasplante que hicimos poco después, era a una chica joven y salió bien. Tengo fijado en la memoria el día que le dimos de alta. ¡Qué sensación más satisfactoria!".

ANTONIO GUERRA PUERTA -Fue jefe de servicio de Neurofisiología Clínica-
"Los que trabajábamos en mi servicio teníamos, además, la responsabilidad de certificar la muerte cerebral del donante"
"Aquel día, todo era ilusión, también esperanza. El primer servicio al que llamaron fue al nuestro porque nos encargábamos de certificar la muerte cerebral. Fue un gran momento, aunque ninguno nos imaginábamos lo que significaría este trasplante en la historia del Reina Sofía. En circunstancias así, uno no piensa lo que está haciendo, sino que lo hace y punto. En mi servicio, además, teníamos la responsabilidad de certificar la muerte cerebral del donante en una época en la que había mucha reticencia por parte de los demás a la encefalografía. Todos los que estábamos implicados en aquel primer trasplante teníamos claro que trabajábamos por algo grande: salvar una vida. Ahora, con el paso de los años, lo veo como un auténtico triunfo. ¿Y sabe? No se me olvidará el jaleo de gran parte de la plantilla trabajando por un objetivo común: aquel primer trasplante".

TRINIDAD RIVERA GARCÍA -Telefonista desde la apertura del hospital-
"Siempre he sentido que mi trabajo servía, que ponía mi granito de arena para un objetivo mucho mayor, el de salvar vidas"
"En un trasplante, y más en aquél, que fue el primero, se pone en marcha una maquinaria de la que forma parte mucha gente y que tiene que funcionar a la perfección. Me alegra haber contribuido con mi trabajo a esos comienzos tan emotivos del programa de trasplantes porque siempre he tenido la sensación de ser útil. El papel de las telefonistas, en estos casos, era primordial porque se encargaban de ponerse en contacto no sólo con el paciente receptor, sino también con los médicos. Era un trabajo a contrarreloj, un eslabón de la cadena que no podía fallar. Sí, siempre he sentido que mi trabajo servía, que ponía mi granito de arena para un objetivo mucho mayor, que es salvar vidas. Ese primer trasplante y todo lo que ha ido sucediendo después, lo veo como un logro cercano porque el Reina Sofía es parte de mí, como mi segunda casa".

MIGUEL ZAMORANO CASTRO -Enfermero de quirófano-
"Fue un reto en el que se sentía involucrada toda la plantilla del Reina Sofía"
"En esos momentos en los que entramos en la dinámica de los trasplantes, hay cosas tan importantes en las que pensar que uno no se plantea la trascendencia de lo que está ocurriendo. Y así fue aquel 6 de febrero de 1979. Guardo con mucha claridad las imágenes de ese nerviosismo generalizado en todo el hospital y esa sensación de decir ‘llegó el momento, ahora es cuando tenemos que demostrar lo que hemos aprendido’. Todo el equipo, aunque no hubiéramos participado directamente en él, lo vivimos como algo nuestro, como algo especial y emocionante. Era un reto en el que se sentía involucrada toda la plantilla. Fue un paso grande para el Reina Sofía y un gran aprendizaje para todos los trabajadores".


ROSA MANOSALVAS NÚÑEZ -Fue supervisora de trasplante renal y de médula ósea-
"Me siento afortunada por haber formado parte de un equipo que trabajaba desde la unidad"
"Cuando una recuerda ese momento, sólo puede sentirse afortunada por haber participado en él y orgullosa por formar parte de un equipo que trabajaba siempre desde la unidad, como una piña. Había un entusiasmo que salía de todos nosotros y que nos contagiaba también a todos. Eran momentos de mucha expectación porque éramos conscientes de estar contribuyendo a hacer algo nuevo. Ahora, estoy convencida de que aquel primer trasplante se realizó gracias al empeño del personal que se reunió en el Reina Sofía aquellos últimos años de la década de los 70: todos teníamos ganas de innovar, de seguir aprendiendo, de trabajar en una misma dirección… y eso se notó. Y se sigue notando. Los resultados están claros y saltan a la vista. No hay más que ver las cifras de donación y trasplantes en estos treinta años. Ésa es la prueba de que la apuesta por los trasplantes era muy fuerte".

INÉS CARMEN RODRÍGUEZ -Fue supervisora del área quirúgica-
"Los que trabajábamos en el hospital no lo vivimos como un fracaso, sino como un punto de partida"
"Llegué al hospital en el 77 y recuerdo el primer trasplante como uno de los momentos más intensos de mi carrera. El proceso empezó mucho antes de ese 6 de febrero de 1979. Fueron años en los que todos estuvimos preparándonos a conciencia: hubo una fase previa de investigación y después, algunas enfermeras fuimos a otros hospitales a aprender. Todo eran nervios y expectación. Todos estábamos pendientes de la evolución del primer paciente y yo no pude casi ni dormir durante los días siguientes. Fue una pena que Miguel Berni rechazara el riñón, pero no lo vivimos como un fracaso, en absoluto, sino como un punto de partida. Y así fue. Aquél era el comienzo de los trasplantes y también un gran aprendizaje para todos los profesionales que trabajábamos en el hospital. El reto estaba claro: hacerlo bien. Ahora tengo la certeza de que, si no me hubiera desarrollado laboralmente en este centro y con estos profesionales, no habría aprendido tanto. El ‘espíritu Reina Sofía’ nos hizo a todos mejores en nuestro trabajo".



 
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